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Opinión | Pistacho
Oriol Amat

Oriol Amat

Economista. UPF Barcelona School of Management

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Ganadores en tiempos de guerra

Los mercados no son neutros. Las reglas del juego cambian, y a menudo lo hacen por decisiones políticas o por conflictos que desestabilizan a determinados países

Plantación de pistachos de Elaia-Atgro, el mayor productor de Europa, en Malpica de Tajo, el pasado septiembre.

Plantación de pistachos de Elaia-Atgro, el mayor productor de Europa, en Malpica de Tajo, el pasado septiembre. / José Luis Roca / EPC

En cualquier guerra, todos perdemos. Se pierden vidas, se rompen familias y se generan sufrimientos que duran generaciones. Esta es la realidad principal y no se tendría que olvidar nunca. También en términos económicos, la guerra es destructiva. Las tensiones en el suministro de materias primas impulsan la inflación, reducen el poder adquisitivo de las familias y frenan el consumo. Al mismo tiempo, la incertidumbre desincentiva la inversión, la actividad económica se desacelera y muchos gobiernos se ven obligados a aumentar la deuda para hacer frente a nuevos gastos. Es decir, el coste económico es amplio y afecta a muchos países, incluso aquellos que no participan directamente en el conflicto.

Ahora bien, las guerras pueden crear ganadores en determinados mercados. El caso del pistacho es ilustrativo. Durante años, Irán fue el gran dominador mundial. Hoy, el peso del mercado se ha desplazado hacia EEUU. Este cambio no se explica solo por factores productivos, sino también por décadas de tensiones, sanciones y limitaciones comerciales que han ido reduciendo la presencia iraní. La guerra actual ha intensificado esta situación. Cuando un proveedor desaparece o es poco fiable, los compradores buscan alternativas. Y estas alternativas acostumbran a ser aquellas que, por diferentes motivos, ya están en disposición de suministrar.

La primera lección es clara: los mercados no son neutros. Las reglas del juego cambian, y a menudo lo hacen por decisiones políticas o por conflictos que desestabilizan a determinados países. La segunda lección es que los cambios en el liderazgo de los mercados no siempre responden a una estrategia planificada para aprovechar una guerra, sino a dinámicas acumuladas en el tiempo que se ven aceleradas en momentos de crisis. La guerra no crea los ganadores, pero puede acabar reforzándolos.

Este patrón no es exclusivo del pistacho. Puede afectar a otros muchos productos. En el ámbito agrícola, cultivos como el azafrán, los dátiles u otros frutos secos pueden ver cómo cambia su mapa de proveedores si los principales productores tienen dificultades para exportar. En energía, el petróleo y el gas dependen de rutas clave como el estrecho de Ormuz, y cualquier interrupción altera precios y flujos globales. Y en sectores industriales, ya lo estamos viendo con semiconductores o baterías, donde las empresas buscan alternativas para reducir riesgos.

También conviene deshacer un mito: el del mercado libre. En muchos sectores, la política económica y los acontecimientos geopolíticos tienen un peso determinante. Aranceles, sanciones o conflictos pueden hacer crecer o desaparecer a un competidor. En definitiva, cuando un país queda fuera del mercado por un conflicto, la demanda no desaparece: se redistribuye. Y esto genera ganadores indirectos. Pero conviene no perder de vista la idea principal: puede haber quien haga negocio —como dice el refrán, a río revuelto, ganancia de pescadores— pero el balance global siempre es de pérdida: en vidas, en bienestar y también en prosperidad económica.

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