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Opinión | GATO ADOPTIVO

Ferran Boiza

Ferran Boiza

Director adjunto de EL PERIÓDICO

Dolores Vázquez, víctima del prejuicio

Dolores Vázquez, esta semana tras recibir el reconocimiento de Igualdad.

Dolores Vázquez, esta semana tras recibir el reconocimiento de Igualdad. / Diego Radanés / Europa Press

La historia de Dolores Vázquez sigue siendo una herida abierta en la conciencia de este país. Fue señalada en la calle, juzgada en los platós y condenada por una opinión pública ávida de morbo que se dejó llevar por la pulsión de buscar culpables antes que verdades. Pasó 511 días encarcelada por un crimen que no cometió, condenada por un jurado popular cuya sentencia equivocada nadie corrigió a tiempo. Su caso no fue solo un error clamoroso, fue, sobre todo, el retrato de una sociedad dispuesta a creer una mentira porque encajaba con sus prejuicios.

Dolores Vázquez fue perseguida por ser quien era. Su condición de mujer lesbiana y su relación pasada con Alicia Hornos, madre de la joven asesinada Rocío Wanninkhof, pesaron en la construcción de la sospecha. Se fabricó un personaje frío, oscuro y peligroso, que tenía que ser culpable porque se salía de los cánones establecidos. Y en ese proceso participaron la justicia, los medios de comunicación y una sociedad que se entregó al linchamiento. Casi dos años después, el ADN hallado en una colilla junto al cadáver de Sonia Carabantes señaló al verdadero asesino.

El homenaje recibido esta semana con motivo del Día de la Visibilidad Lésbica no borra el daño, pero supone un pequeño gesto de reparación. Se reconoció que fue víctima de una injusticia social, judicial y mediática, el ejemplo lacerante de cómo la invisibilidad y el estigma -doble en el caso de las mujeres lesbianas- pueden destruir una vida.

Dolores Vázquez ha exigido disculpas, reconocimiento y compensación. No como un privilegio, sino como un derecho. Ha logrado perdonar, pero hay cosas que no se olvidan tras tanto sufrimiento. Una sociedad madura no debe borrar lo que hizo con ella, cómo permitió que el bulo pesara más que la prueba, y ha de ponerse frente a ese espejo incómodo y aprender que la justicia no puede contaminarse por el prejuicio ni la diferencia convertirse en sospecha.

La reparación ha llegado tarde, ahora solo falta que sea completa y que compense a esta mujer valiente que ha conseguido reconstruirse.

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