
Periodista, escritora y exdiputada en el Parlament
¿Malos tiempos para ser escritor israelí?
A lo mejor hace falta un narrador sereno, pero que escribe con el desgarro sagrado de los maestros rusos, para ponernos delante el espejo que todos aquí necesitamos
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Barcelona 23/04/2026 Barcelona. Ambiente de Sant Jordi junto a la Catedral, novedad de este año. AUTOR: MANU MITRU / MANU MITRU / EPC
Me hablaron del escritor Itamar Orlev (Jerusalén, 1975), que venía este Sant Jordi a firmar en la caseta de la Comunidad Judía de Barcelona ejemplares de su novela 'Bandido'. Yo volvía a uña de caballo (perdón, de AVE) de Madrid leyendo la vívida traducción al español, para Acantilado, de Eulàlia Sariola. Ojo que también está muy bien traducida al catalán.
Normalmente un AVE da para leer del tirón casi cualquier obra contemporánea. No esta. Es larga, temerariamente larga...y buena hasta hacer rabiar. “Este cabrón escribe como los rusos”, pensé con envidia. “Es que me gustan mucho”, me diría ya en Barcelona el mismo Orlev, sin despeinarse y sin apearse ni un segundo de su cara de no haber roto un plato en su vida. Ni en la literatura.
“No son buenos tiempos para ser escritor israelí”, admitió con sencillez. Sin aspavientos. Y eso que él hace tiempo que vive en Berlín. “En Alemania, un defensor de la causa palestina puede manifestarse y ser tan crítico como quiera con el Gobierno de Israel, pero sin cuestionar la existencia de Israel en sí”, señala. Es difícil decir más con menos.
Imagínese que es usted israelí, hijo de un autor y cineasta superviviente del Holocausto, que ha crecido convencido de las virtudes de su joven Estado, que es más bien de izquierdas, y que en un momento dado de los años 90 la cosa se empieza a poner fea. Muy fea. Que en virtud de un perverso principio de acción-reacción, crecientes y arrolladoras oleadas antisemitas radicalizan y derechizan la política de su país, hasta un punto que a usted le parece alarmante y le entran ganas de poner tierra de por medio. Y un buen día (por decir algo...) sucede el 7 de Octubre y vuelven a abrirse de par en par las puertas del infierno. Del odio. ¿Cómo se sentiría usted si parece que le dan a elegir entre la destrucción física o la destrucción democrática de su país? “Europa es demasiado severa con Israel”, se queja suavemente. A la vez que deja entrever una tímida esperanza de que las elecciones de octubre cambien algo.
Mencionaba que Itamar Orlev trató de torear tanta perplejidad poniendo tierra de por medio. Y hasta memoria. Como escritor, rehúye la incandescente actualidad para mojar la pluma en el pasado. Concretamente, en la Segunda Guerra Mundial. 'Bandido', por cierto, no es de ahora, se publicó en 2015. Antes de... tantas cosas.
Sucede que el padre de Itamar, Uri Orlev (Varsovia, 1931-Jerusalén 2022), tuvo acceso a las memorias de otro judío de origen polaco, Ami Drodz, profundamente marcado por la memoria de su propio padre, Stefan, mitad héroe partisano, mitad monstruo alcohólico y maltratador de su familia, sobre la que proyectaría la extrema crueldad padecida a manos de la Gestapo y en el campo de exterminio de Majdanek. Más detalles, en la novela.
Novela que Uri Orlev trató de escribir pero no lo logró. Entonces le pasó el material a su hijo Itamar. Este hizo un primer intento que no funcionaba literariamente. Que parecía una biografía. Volvió a partir desde cero, a usar aquellas memorias ajenas como motor de una historia mucho más propia, la que de verdad necesitaba escribir: la relación entre padres e hijos, ya complicada de por sí, y que puede alcanzar ribetes dantescos con un trasfondo histórico brutal que aquí, en Europa, a menudo preferimos echar en saco roto, olvidar o reinventar.
El protagonista y narrador de 'Bandido', que en Israel se llama Tadek pero en Polonia recupera su nombre infantil de Tadzio (sí, como el de 'Muerte en Venecia'...) se enfrenta a toda una serie de demonios y sale lo que sale. Una novela cargada de horror, de humor y de amor.
¿Y de esperanza? Depende de lo que esperemos. Cuando estaba de moda decir que no se podía escribir poesía después de Auschwitz, yo solía pensar: ¿y qué otra cosa vamos a escribir después de que quede Humanidad, después de algo así? ¿No es eso solo un milagro?
A lo mejor hace falta un israelí sereno, pero que escribe con el desgarro sagrado de los maestros rusos, para ponernos delante el espejo que todos aquí necesitamos. Para ser y esperar algo mejor. Para vivir en paz con los otros y con nosotros mismos. Pero de verdad. No solo de boquilla.
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