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Opinión | 610,8 km
Martí Saballs Pons

Martí Saballs Pons

Director de Información Económica de Prensa Ibérica.

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Lecciones de (in)seguridad

No se me ocurrió nada mejor que decirle que España y Barcelona, manteniendo la precaución habitual en los sitios turísticos, eran muy seguros. Faltaba ver qué ocurriría en ese viaje

Imagen de archivo de tres trenes de Renfe, Ouigo e Iryo

Imagen de archivo de tres trenes de Renfe, Ouigo e Iryo / Europa Press

Salvo por el habitual saludo inicial, buenos días, buenas tardes, nunca suelo conversar con mi compañero/a de asiento que me toca en el tren o el avión. El martes pasado fue una excepción. En el Iryo de las 19.29 que salía de Madrid hacia Barcelona, antes de salir, el caballero que me acompañaba se disculpó por haber hablado un poco alto, solo un poco, con su hija veinteañera, que iba acompañada, tres filas por delante. Le pregunté por su origen. México DF. Llegaron a Barajas el mismo día e iniciaban un viaje por Europa. Primera parada Barcelona, en casa de unos amigos. Como no he regresado a México desde los años noventa, no tuvo ningún reparo en contarme cómo se encontraba su país. La aldea de pescadores que era Playa del Carmen, donde solía escaparme en Semana Santa desde Nueva York, sería hoy irreconocible; DF, donde paseé tranquilamente yendo de entrevista a conferencia de prensa, es mucho más insegura; por no hablar de Monterrey -la ciudad más fea que he conocido- y otras regiones, hoy controladas por el narcotráfico. Para un mexicano, visitar Europa es una delicia, aunque le advertí de que, debido a un accidente reciente del que estaba él perfectamente informado, los trenes de alta velocidad iban más lentos de lo habitual. No se me ocurrió nada mejor que decirle que España y Barcelona, manteniendo la precaución habitual en los sitios turísticos, eran muy seguros. Faltaba ver qué ocurriría en ese viaje.

Y ocurrió. Tras haber estado en modo silencio tras la conversación inicial, a las 22.30, ya con un retraso considerable sobre la hora prevista de llegada, el tren se paró inesperadamente en la estación de Camp de Tarragona. Al cabo de quince minutos nos informan por la megafonía interna que el tren se ha visto obligado a parar al denunciarse un robo cometido por dos ladrones que andaban de vagón en vagón y que habían amenazado a la tripulación al ser descubiertos. Había que esperar la llegada de la policía para que detuviera a los cacos, como así fue. Mi compañero de asiento me sonrió educadamente, levantando las cejas, cuando escuchó las causas de la parada.

Al llegar a las 23.30 a la inhóspita estación de Sants en Barcelona, inmersa en plena renovación y con ausencia -no vi un solo policía- absoluta de seguridad, me despedí del compañero de viaje. Subiendo andando a casa, al principio de la calle Numància, una persona me advierte en inglés de que tengo la chaqueta manchada y me pregunta si puede ayudarme. Le doy las gracias y sigo, más rápido, mi camino sin mirar atrás. Enseguida sabes que -tal como ocurrió con el exbaloncestista Audie Norris- los ladrones buscan despistar para robar. A la mañana siguiente, tras el paso por la tintorería, entro en el cuartel de los Mossos d’Esquadra en Travessera de les Corts. Me comentan que la próxima vez llame al 112 para avisar de lo ocurrido sobre el momento (¿mientras quieren robarme?) y envían una patrulla. Espero que mi compañero de asiento mexicano haya tenido una buena estancia.  

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