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Opinión | Décima avenida
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Vito Quiles y la caricatura del periodismo

La diferencia entre periodistas y otras formas de comunicación está en la responsabilidad, los estándares éticos y la función social, cada vez más difusos frente al espectáculo

¿Quién es Vito Quiles? El agitador denunciado por Begoña Gómez acunado por Alvise y la derecha

Leonard Beard.

Leonard Beard. / 5

La conversación periodística que llega a la opinión pública parece dividida en dos grandes temas: la enésima reinvención del oficio a la que obliga esta vez la IA y Vito Quiles. Alrededor de Quiles, los cipotudos articulan debates nobles sobre la libertad de prensa, la censura y el papel del periodismo en el siglo XXI. Los más académicos lo despachan con un “este tipo no es periodista”, como si el debate fuera tan sencillo como eso: definir en estos tiempos qué es el periodismo, ni más ni menos.

La larga lista de calificativos para definir a Quiles es una muestra de lo complicado del fenómeno. Los más peyorativos son del tipo agitador, activista, provocador, militante, pseudoperiodista o ‘youtuber’ (dice mucho que una parte de la profesión considere que ‘influencer’ y otros sinónimos es un descalificativo). Los más tibios se refieren a él como comunicador, creador de contenido, figura mediática o polemista (dice mucho que hoy esta palabra esté desprovista en su uso de su tradicional matiz intelectual). Los adeptos hablan de reportero, comunicador o periodista incómodo, valiente, atrevido o alternativo (mal asunto cuando al periodista se le adjetiva). No hay acuerdo para definirlo, nada sorprendente en estos tiempos de polarización política e ideológica que todo lo impregna, incluido por supuesto el periodismo.

En realidad, al hablar de Quiles discutimos los criterios que determinan quién puede ser reconocido como periodista. Si se reduce la discusión a la fórmula con la que confecciona sus contenidos —confrontación directa con personajes públicos, uso intensivo de redes y posicionamiento ideológico evidente—, ninguno de esos elementos, por separado o en conjunto, invalida automáticamente la condición de periodista. Existen precedentes en los que esos mismos ingredientes han formado parte de prácticas reconocidas dentro del oficio, en medios tradicionales y con posicionamientos ideológicos de todo tipo.

Su estilo (confrontación, redes, ideología) no lo excluye automáticamente del oficio, pero tampoco lo legitima por sí solo

A veces, desde una visión clásica del oficio se confunde el canal con el contenido. El hecho de que alguien utilice redes sociales o formatos breves no determina por sí mismo la calidad ni la naturaleza de su periodismo. Del mismo modo, el posicionamiento ideológico tampoco es un criterio suficiente para excluir a alguien del campo periodístico, dado que la historia del oficio desde su nacimiento está llena de ejemplos de prensa y periodistas alineados ideológicamente.

Quienes lo defienden argumentan que Quiles hace lo que hacen los periodistas. Va donde está la noticia, pregunta a políticos, publica contenido informativo y logra que sus intervenciones tengan impacto en el público. Pero el periodismo no es solo estar presente ni hacer preguntas. Para cumplir con su función social, el periodismo requiere responsabilidad, mecanismos editoriales sólidos y un código deontológico. La exageración, el sensacionalismo o la falta de responsabilidad por el contenido publicado diferencian al periodismo de otras formas de comunicar, informar y opinar. Ser impertinente no convierte a alguien en periodista ni lo descalifica. La existencia —o no— de un sistema que obligue a responder por lo que se publica y de un código de ética profesional, sí. Medir el valor de lo que se publica por el seguimiento de la audiencia habla de su capacidad de atraer la atención, no de su función social.

Es en este sentido que puede sostenerse que lo de Quiles no es periodismo, sino otra cosa. Eso sí, Quiles no es una anomalía ajena al oficio. El periodismo ha ido incorporando desde hace mucho elementos de espectáculo, simplificación y búsqueda de impacto. Ha jugado a ser más rápido, más llamativo, más emocional. Y en ese terreno, otros han aprendido a moverse muy bien en las redes, que a menudo parece una caricatura deformada del peor rostro del periodismo. La progresiva erosión de las fronteras entre información y entretenimiento ha creado tierras de nadie de las que han surgido los Quiles. Y en esa tierra de nadie, a la ciudadanía parece no importarle los estándares que el periodismo reivindica sin cuestionar hasta qué punto ha sabido adaptarlos a un mundo distinto. En términos estrictamente de oficio periodístico, ahí es donde Quiles es ciertamente incómodo.

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