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Opinión | Bloglobal

Albert Garrido

Albert Garrido

Periodista

La política del odio avanza sin freno

El rey Carlos III, en el Congreso de Estados Unidos.

Sara Fernández

Causa sorpresa, por no decir estupor, la acusación dirigida al Partido Demócrata por Karoline Leavitt, secretaria de Prensa de la Casa Blanca, como inductor de políticas del odio cuyo último precipitado es, según ella, el intento de magnicidio del día 25 en el hotel Hilton de Washington. Causa sorpresa, por no decir estupor, tal teoría porque el primer agente contaminador de la atmósfera política hasta hacerla irrespirable es el presidente Donald Trrump, atrapado en una guerra de la que no sabe cómo salir, enfrentado a los aliados, desabrido activista en su red social e imprevisible urdidor de desarreglos a escala universal. Causa sorpresa, por no decir estupor, escuchar al secretario de Guerra -antes Defensa-, Pete Hegseth, recurrir a groseros embustes para justificar ante un comité de la Cámara de Representantes la destitución de tres prestigiosos mandos militares en mitad de los bombardeos en Irán.

Todo esto causa sorpresa, por no decir estupor, en plena guerra cultural o batalla ideológica entre la cultura democrática y el posfascismo populista-patriótico-nacionalista-demagógico-vociferante, definido por Elvira Lindo como excrecencia con cortante precisión. Aplicado el sustantivo excrecencia a lo que sucede en casa -el léxico tabernario de Santiago Abascal al referirse a Pedro Sánchez y Fernando Grande Marlaskia-, a ese renacimiento o incursión del neofranquismo en las instituciones para reventarlas; sorprendido el conservadurismo civilizado por la tolerancia de según quienes, según sean las conveniencias del momento. Así el caso de Esther Muñoz, de su comparación aborrecible entre la retención por Israel durante una hora de un soldado español, integrante de un dispositivo de los cascos azules en el sur del Líbano -una violación flagrante del derecho internacional- y las horas que ella lleva perdidas en atascos. Un episodio olvidado y enterrado en la poza de detritus de todos los días, pero que debiera preocupar, siquiera sea en nombre de la decencia.

En franjas cada vez más anchas y pobladas del PP europeo, en general, y del español, en particular, han caído en el olvido las enseñanzas históricas más elementales sobre en qué desembocó en Europa la actitud contemplativa -las menos de las veces- y colaboracionista de la derecha conservadora y de la protodemocracia cristiana con el nazismo. Han sustituido los ideólogos de la movilización en curso la vesania antisemita por la xenofobia, por el desprecio por los migrantes, especialmente si son musulmanes, y tal delirio ha rendido frutos electorales, en España se ha normalizado la alianza del PP con Vox y nada parece importar demasiado, aunque en el pacto suscrito por ambas fuerzas en Extremadura y Aragón salga malparado el apego a la Constitución, deseosa la extrema derecha de ponerla en jaque en su papel de partido antisistema.

Nada de todo eso es ajeno a las enseñanzas impartidas en la escuela de Trump. Su pretensión de ejercer un poder ilimitado se agranda al mismo tiempo que pierde el apoyo de la opinión pública, acosado por los fantasmas del presente y los espectros del pasado -Jeffrey Epstein y su rastro ominoso-, puede que definitivamente convencido de que tiene perdidas sin remisión las elecciones de noviembre. Son varios los analistas que de forma más o menos explícita han aventurado tal posibilidad; no son menos los que creen que, llegada la derrota, el presiente sacará algún conejo de la chistera para poner en duda la limpieza del resultado y alterar el orden institucional (el asalto al Congreso del 6 de enero de 2021, siempre en la memoria). Quizá la misma jornada electoral sorprenda Trump con alguna treta, con medios suficientes a su disposición para, por ejemplo, desplegar los agentes del ICE como una versión ad hoc de camisas pardas para dificultar la participación. Todo es posible tratándose del presidente más imprevisible y ajeno al orden democrático en los 250 años de existencia de Estados Unidos.

De ahí que, en medio de todo eso, llame la atención el discurso en el Congreso del rey Carlos III, prontuario del pensamiento de Keir Starmer, primer ministro del Reino Unido, tan atacado y criticado por Trump. “El discurso tiene una importancia simbólica, no solo para los británicos, sino para todos los europeos comprometidos con la democracia y el mantenimiento de relaciones equilibradas con Estados Unidos”, escribió el periódico Le Monde en su editorial del miércoles, no sin subrayar que la fascinación del presidente por la monarquía británica no escapa a su propensión a las contradicciones flagrantes: admira el brillo de Buckingham Palace, pero arremete repetidamente contra Canadá, cuyo rey es Carlos III (cosas de la Commonwealth). La brújula de Trump no señala el norte, sino el lugar en el que él se halla en cada instante, aunque nada de lo sustantivo de su política haya dado resultados alentadores -por lo menos no perturbadores- ni a escala estadounidense ni a escala planetaria. Ha cundido, eso sí, la cultura o la estrategia del odio, tan divisiva, tan violenta, tan peligrosa porque tensa al máximo las costuras del sistema.

Una tarde de la primavera de 2004, Butros Butros Ghali, exsecretario general de la ONU, reflexionaba con fundamento en su despacho de París sobre la necesidad de pactos, escritos y no escritos, para crear un espacio de compromisos entre diferentes. Y en medio de la conversación hizo una afirmación al mismo tiempo categórica y tributaria de la realpolitik: “Lo más importante de los pactos es su existencia. Cumplirlos no siempre es posible, pero mantenerlos vigentes es indispensable”. Algo de socarronería había en sus palabras, pero había también en ellas la defensa de un orden internacional pautado o, por lo menos, previsible. Pocos meses después, un joven diplomático alemán explicaba en un curso de verano de la Menéndez y Pelayo que impugnar el derecho internacional lleva directamente a la inseguridad colectiva. Bastante de tal impugnación se encuentra detrás de las políticas del odio, de desprecio o persecución del diferente, de alocada transformación del adversario en enemigo.

Esta es la situación hoy. El presidente de Estados Unidos se disfraza de Jesús y acto seguido arremete contra el Papa. Se enfadan Santiago Abascal y su corte con los obispos porque apoyan la regularización de los inmigrantes; acuña Vox la prioridad nacional, una forma encubierta de apartheid, y pone el PP la firma al final del documento (sus aclaraciones a posteriori nada aclaran). Así están las cosas en mitad de la tormenta.