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Opinión | El trasluz
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Cortezas innecesarias

El sistema ha crecido tanto que ha terminado por confundirse con la realidad

Un hombre entra a una oficina de empleo.

Un hombre entra a una oficina de empleo. / Archivo

Meta y las demás empresas tecnológicas (y no tecnológicas, para decirlo todo) despiden gente con la eficacia con la que los sacapuntas generan virutas. De niño me fascinaba ese momento en el que el afilalápices producía una espiral de piel de madera. Me interesaba, más que la mina, esa especie de escama frágil con forma de bucle. La viruta olía a madera, sabía a madera, evocaba la existencia del bosque de los cuentos. La mina, que parecía venir de las profundidades de la tierra, no era nada sin ella. Me llaman la atención las máquinas productoras de virutas. La sierra eléctrica, pongamos por caso, o la lima, incluso la de las uñas. Las virutas, antiguamente, iban a la basura. Hoy se aprovechan para hacer pellets, abonos, puertas de aglomerado, qué sé yo. Nos preocupa reciclar lo que se pierde. Pero ¿qué hacemos con las virutas de la humanidad? ¿Qué hacemos con la gente que es expulsada a los márgenes del sistema por esas oficinas de recursos humanos que tratan a los hombres (y a las mujeres, puto genérico con discapacidad) como residuos de la actividad económica?

¿En qué momento se empezó a mirar a los despedidos como sobras? ¿Desde cuándo se actúa con ellos como las cintas transportadoras con esos productos defectuosos que caen por una trampilla sin que se detenga la cadena y sin que sepamos a dónde han ido parar? Lo inquietante es la naturalidad con la que asistimos al proceso. Leemos que miles de personas pierden su empleo del mismo modo que consultamos la previsión del tiempo: con una mezcla de curiosidad y distancia. Mañana lloverá, pasado mañana despedirán a otros diez mil. Nos hemos acostumbrado a que la intemperie, en lugar de la excepción, se haya convertido en la norma.

Sin embargo, basta una alteración mínima para que el mecanismo se vuelva visible, porque un día el que cae por la trampilla eres tú o tu padre o tu cuñada. Entonces descubres que ya ni siquiera hay margen: no hay un lugar al que ir cuando uno es arrojado fuera del texto. Porque el texto lo ocupa todo. El sistema ha crecido tanto que ha terminado por confundirse con la realidad. Quizá por eso algunos multimillonarios sueñan con Marte. No porque quieran conquistar otro planeta, sino porque intuyen que este (tal es el tamaño de su voracidad) empieza a quedárseles pequeño.