
Presidente de ERC.
Ante los que alimentan el miedo: Europa y el declive de la credibilidad de EEUU
A medida que crece la incertidumbre sobre los compromisos norteamericanos, los estados y regiones que continúan apostando por un orden internacional basado en normas se ven obligados a replantear sus alianzas
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Steve Bannon, durante la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC). / EFE
«Quiero hacer que todo se hunda y destruir completamente al 'establishment' actual». El autor de esta frase es Steve Bannon, antiguo jefe de campaña de Donald Trump y uno de los principales promotores de la extrema derecha internacional.
Muy entrado el segundo mandato de Trump, la mención de Bannon a la destrucción de un antiguo régimen suena menos como una provocación y más como una declaración de intenciones. A pesar de la relación cambiante entre Bannon y el presidente norteamericano, la lógica autoritaria y disruptiva que él formuló se ha ido haciendo cada vez más visible en la evolución de la política de los Estados Unidos.
Este proceso también tiene efectos directos sobre una política exterior norteamericana marcada por el desmantelamiento de acuerdos bilaterales y multilaterales en favor de arreglos unilaterales y la inquietud creciente que esto genera entre los socios de Estados Unidos, especialmente en Europa. A pesar de que el auge de la política reaccionaria es un fenómeno global, la regresión democrática de un país con el peso estructural de los Estados Unidos tiene consecuencias claramente desproporcionadas. Si esta trayectoria se consolida, corre el riesgo de acelerar dinámicas similares en otros lugares, entre ellos Europa, donde estas tendencias ya han empezado a arraigar.
Los Estados Unidos ya no cumplen las expectativas que el mundo occidental y liberal había depositado en ellos como pilar central del orden democrático liberal, aunque estas expectativas seguramente fueran infundadas o exageradas. Esta transformación está redefiniendo el entorno estratégico global. A medida que crece la incertidumbre sobre los compromisos norteamericanos, los estados y regiones que continúan apostando por un orden internacional basado en normas se ven obligados a replantear sus alianzas y a buscar socios más estables y previsibles.
En este contexto, los actores democráticos dentro de los Estados Unidos conservan un papel clave a la hora de frenar el deterioro institucional. Es probable que sus esfuerzos continúen encontrando complicidades a Europa. Aun así, si las tendencias actuales persisten, Europa tendrá que adaptarse a unos Estados Unidos más replegados sobre sí mismos, reajustando sus alianzas en un escenario global cada vez más fragmentado y volátil.
Sea cual sea el camino que acabe tomando Washington, la Unión Europea tiene ante si una necesidad urgente: abordar sus propias vulnerabilidades estructurales mediante una profundización de la unidad y un refuerzo de la soberanía. Si el retroceso democrático en los Estados Unidos se intensifica, Europa podría verse abocada a asumir un papel más central en la defensa de los valores democráticos a escala global. El vacío geopolítico dejado por unos Estados Unidos en retirada abre esta posibilidad, siempre que Europa esté dispuesta a reducir dependencias históricas, actuar con coherencia estratégica y convertirse en un bastión para las fuerzas prodemocráticas en todo el mundo.
Para convertir el potencial en capacidad real, hacen falta ajustes estructurales profundos. La reindustrialización y la revitalización del sector primario son esenciales para reducir la dependencia de cadenas de suministro externas. Igualmente crucial es el desarrollo de una estrategia energética autónoma basada en fuentes renovables. En paralelo, hay que avanzar hacia un sistema europeo de defensa coordinado, que permitiría un uso más eficiente de los recursos y reduciría la dependencia de actores externos.
A medida que los Estados Unidos se vuelven más introspectivos y autoritarios, Europa se encuentra ante un momento estratégico decisivo. La erosión del papel norteamericano dentro del orden democrático internacional no genera automáticamente un relevo, pero sí que abre un espacio. Que la Unión Europea pueda ocupar un papel más central dependerá de su voluntad de actuar colectivamente, invertir en sus propias capacidades y articular una visión coherente de su lugar al mundo. No se trata solo de geopolítica, sino de una cuestión de responsabilidad política. Si los Estados Unidos dejan de defender el orden democrático, la pregunta ya no es si Europa tendría que actuar, sino si se puede permitir no hacerlo
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