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Opinión | Justicia
Álex Sàlmon

Álex Sàlmon

Periodista. Director del suplemento 'Abril' de Prensa Ibérica. Miembro del Comité Editorial de EL PERIÓDICO

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El penúltimo viaje de Pujol

Los nacionalismos en general, también el español, suscitan situaciones que, al pasar la devoción por ellos, desilusionan

Jordi Pujol, exonerado: las claves de la decisión del tribunal y de lo que puede aclarar (o no) la sentencia

L'expresident de la Generalitat, Jordi Pujol.

L'expresident de la Generalitat, Jordi Pujol. / Kike Rincón - Europa Press - Arxiu

No creo que el Jordi Pujol president esté satisfecho con su “expulsión”, según exclamó el magistrado José Ricardo de Prada, o exoneración del juicio a sus hijos. Siempre fue de ir de cara y directo. Lo hubiera hecho. Pero a los 95 años la memoria es motivo de indefensión y eso la justicia garantista de este país no lo puede permitir.

Su penúltimo viaje a Madrid ha estado repleto de controversia, como siempre. El bando ‘indepe’ lo considera una ofensa, aunque no hubo posibilidad para la famosa pena del telediario, porque ni existieron fotos, ni imágenes. Sin embargo, los contrarios a su historia critican la mala praxis de la justicia no juzgando al que lideró la Catalunya nacionalista durante 23 años. Puntos de vista encontrados.

Lo cierto es que la mente preclara de Jordi Pujol debe ser estudiada desde su juventud. Hijo de banquero y negociador de divisas, él también fue banquero. Este perfil, imposible en los tiempos que corren, no puede ocultarse ante el análisis del personaje. Entendía España mejor que muchos políticos que dicen defenderla y esa aproximación se evidenció en la legislatura más tranquila de la historia de nuestra joven democracia, la primera de José María Aznar. La segunda fue un desastre.

La invitada no nombrada en este juicio que llega a su clímax es Marta Ferrusola. Su fallecimiento nos deja ausente de todo un personaje literario. Los problemas de la familia deberían focalizarse en la mujer que se creyó que era “la dona de Catalunya” por encima del resto y la de un primogénito que se endiosó con tantas flores recibidas. El resto fue una rutina complicada de aplacar cuando caminaban por la calle levitando. Algunos, los que quieran, lo recordarán. No hace tanto.

El desparpajo y prepotencia con que Ferrusola se dirigió a los diputados del Parlament en aquella comparecencia para dar explicaciones del dinero de Andorra, explican muchas situaciones y momentos que fueron gruesos y obscenos, políticamente hablando.

Los analistas más nacionalistas concluyeron el lunes que el viaje de Pujol a Madrid lo consolidaba, lo recuperaba y lo dignificaba. Normalmente, nos gusta convencernos de lo que nos da la razón. Pero no fue así. Nada puede blanquear la carta que tuvo que redactar para dar explicaciones por el dinero de Andorra en 2014. Aquel día muchos lloraron. Yo los vi. Y, en realidad, siguen llorando. Su responsabilidad fue indirecta, pero lo fue. No hay país, ni territorio que deba embriagar tanto como para perder el sentido de la realidad. Los nacionalismos en general, también el español, suscitan situaciones que, al pasar la devoción por ellos, desilusionan.

Son ese tipo de veneraciones las que acaban interiorizando metodologías erróneas y aceptar conclusiones equivocadas, como cuando Jordi Pujol Ferrusola respondió a una pregunta del fiscal que “sus labores de asesoramiento eran reales y consistían en manejar información privilegiada en un momento en que no se hacía”. Lo dijo y se quedó tan pancho. Puede que fuera una extraña estrategia de defensa.

¿Para cuándo la novela? La película fue fallida.

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