
Escritor
Cuatro cosas sobre la cena
Lo que Trump ha logrado, eso sí, es que dudemos de todo. Que todo parezca inverosímil y posible a la vez
El tercer atentado contra Trump pone en cuestión al Servicio Secreto de EEUU y los protocolos de seguridad

En el centro, Donald Trump / Europa Press/Contacto/Handout/White House
Por supuesto que no podemos hacer caso de las teorías conspiranoicas ni de la posibilidad de que este tercer atentado fuera una cortina de humo o una operación de falsa bandera para desviar el objetivo de la atención mundial hacia un chico que vivía con sus padres, jugaba con la informática, odiaba a los cristianos y no soportaba a los pedófilos. Un intento de magnicidio es siempre un asunto lo suficientemente serio como para no permitir imaginaciones de este tipo. Además, la combinación de eventos que derivarían hacia el pseudoatentado debería ser tan rocambolesca que no superaría la primera lectura del guion. Habría que haber reclutado a un tipo anodino y discreto, que un día fue elegido profesor del mes, tráelo desde la otra punta del país en tren y autobús, cargado con una escopeta, una pistola y no sé cuántos cuchillos, procurar que reservase una habitación en un hotel tan exclusivo como el Hilton, hacerlo bajar por el ascensor y dejar que corriera hacia el salón de la cena de los corresponsales. Un guion, pues, tan inverosímil como el del francotirador agazapado en una azotea de aquel descampado pueblerino o como el personaje que se pasó horas y horas escondido en unos setos del campo de golf esperando a que pasara el presidente. Por si fuera poco, alguien tendría que haber subvencionado la fechoría, y habría que asegurarse que los supuestos asesinos a sueldo, además de fallar en el intento, no confesaran la verdad, es decir, que formaban parte de un complot de falsa bandera o que cobraban por levantar una cortina de humo. O matarles, eso sí, como ocurrió con el francotirador de Butler, que este sí que protagonizó la acción más arriesgada: acertar, y basta, con una parte del lóbulo derecho del presidente.
Debemos convenir, pues, que los tres atentados han sido realmente serios intentos de acabar con la vida de Trump. Ha habido, por desgracia, otras acciones violentas exitosas, como el asesinato de Charlie Kirk. O, no lo olvidemos, como el asalto al Capitolio. La violencia es real y no podemos bromear ni dudar de la realidad, de las imágenes que hemos visto.
Dicho esto, hay detalles por lo menos inquietantes. Con un evento en puertas tan importante como la cena de los corresponsales, ¿era tan fácil, dos días antes, reservar una habitación en un hotel de tanto renombre y tan codiciado y tan caro, más aún si eres un miserable profesor de provincias? ¿Destinó todos sus ahorros al viaje, a la estancia y a las armas? ¿Los del servicio de habitaciones no vieron la escopeta, la pistola y los cuchillos mientras hacían la cama? Y cuando bajaba en el ascensor, ¿no llamó la atención de nadie?
He leído algunos titulares que dicen que "el objetivo era todo el Gobierno de Trump". Pero, ¿de verdad podemos pensar que un individuo solo podía imaginar un magnicidio tan extenso con un arsenal tan precario? Lo que Trump ha logrado, eso sí, es que dudemos de todo. Que todo parezca inverosímil y posible a la vez. Y, mientras, aprovecha para decir que este tipo de cosas malas solo les ocurren a los dirigentes que hacen cosas buenas. Es decir: a él.
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