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Opinión | Poder tecnológico

Astrid Barrio

Astrid Barrio

Profesora de Ciencia Política de la Universitat de València. Miembro del Comité Editorial de EL PERIÓDICO

¿Qué es lo peligroso? A propósito de Palantir

Hanover (Alemania), 20/04/2026.- Una pantalla de Palantir Technologies

Hanover (Alemania), 20/04/2026.- Una pantalla de Palantir Technologies / HANNIBAL HANSCHKE / EFE

La cuenta oficial de Palantir Technologies ha publicado en X un hilo bajo el lema “Because we get asked a lot” en el que expone una visión sobre la tecnología, el Estado y la sociedad, sintetizando las tesis del libro The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West, de Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska, convirtiéndose en una toma de posición pública.

El hilo recoge un conjunto de planteamientos normativos: la idea de que Silicon Valley mantiene una deuda moral con el Estado y debe contribuir a la defensa nacional; la crítica a un modelo digital centrado en aplicaciones de consumo frente al desarrollo de capacidades estratégicas; la centralidad del software y la inteligencia artificial —también en su dimensión militar— en el poder contemporáneo; y la consideración de que el desarrollo de armas basadas en IA es un proceso en marcha cuya dirección dependerá de quién lo lidere. A ello se añaden elementos de carácter político y cultural, como la defensa del servicio nacional, la crítica a ciertas derivas del pluralismo contemporáneo o la advertencia de que no todas las culturas generan resultados equivalentes.

La mayoría de reacciones han sido críticas con su tono prescriptivo, su enfoque sobre la relación entre tecnología y defensa y algunas afirmaciones culturales, por su contenido y por proceder de una empresa privada cuando este tipo de debates suelen situarse en el ámbito institucional, académico o de los think tanks. Sin embargo, más allá de quién lo proyecte el hilo también puede interpretarse como una formulación directa de dilemas reales en un contexto de competencia geopolítica y cambio tecnológico acelerado, precisamente porque contribuye a abrir ese debate y plantear una cuestión más amplia.

El hilo de Palantir incomoda porque explicita una colaboración estrecha entre empresas tecnológicas y funciones clave del Estado, con posibles efectos sobre el equilibrio institucional y las libertades civiles. Su claridad permite someter sus premisas a debate público, a diferencia de lo que ocurre con otras grandes tecnológicas. Porque Google, Apple o TikTok no formulan programas políticos explícitos, pero influyen decisivamente en la vida social: organizan el acceso a la información, definen los entornos digitales y estructuran la atención. A lo que hay que añadir la dependencia de infraestructuras de Microsoft o Amazon Web Services, la influencia de sistemas de OpenAI o Anthropic en cómo accedemos y procesamos la información, o la capacidad de Amazon para reorganizar el comercio y la distribución.

El problema, por tanto, no es lo que Palantir ha dicho en voz alta —cual quiere que sea la relación entre tecnología y poder y con qué fin—, sino cómo las tecnológicas ejercen ese poder sin explicitarlo. Al menos, al aflorar la cuestión, se abre la posibilidad de analizar y debatir cómo se ejerce ese poder y bajo qué límites en el marco del Estado democrático y fuera de él.

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