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Opinión | Ágora
Miquel Àngel Prats

Miquel Àngel Prats

Professor titular de tecnología en la Facultad de Psicología, Ciencias de la Educación y del Deportes de Blanquerna - URL

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La IA y el reto de educar a personas que piensen

La inteligencia artificial hace insostenible un modelo de educación basado únicamente en la transmisión de información

Una persona usa la aplicación de inteligencia artificial ChatGPT en el ordenador.

Una persona usa la aplicación de inteligencia artificial ChatGPT en el ordenador. / Europa Press

La inteligencia artificial cambiará el mundo educativo. No porque sea una herramienta más potente que las anteriores, sino porque hace insostenible un modelo de educación basado únicamente en la transmisión de información. Este proceso ya se inició con internet, cuando el acceso al conocimiento se democratizó. Pero la IA introduce un cambio cualitativo que obliga a replantear el sentido mismo de educar.

Internet ampliaba el acceso a la información. La IA va un paso más allá. No solo amplía el acceso a los datos y a la información, sino que entra dentro del proceso cognitivo de gestión del conocimiento: escribe, resume, simula, decide, entre otras acciones. Ya no se limita a facilitar información, sino que interviene en cómo la procesamos, la gestionamos y la interpretamos.

En este nuevo escenario, el reto educativo ya no es acumular datos, sino aprender a transformar la información en conocimiento y el conocimiento en criterio. Cuando se trata la IA como una simple aplicación o como un recurso más, el resultado es superficial. La IA solo tiene sentido educativo si se entiende como un sistema que trabaja con conocimiento, y esto exige una educación capaz de generarlo, interpretarlo y situarlo en contexto. El cambio real que introduce la IA no es tecnológico, sino profundamente pedagógico. Si el docente se limita a transmitir información, la IA lo hace prescindible. En cambio, si el docente diseña experiencias de aprendizaje auténticas, fomenta el pensamiento crítico, el criterio y la ética, la IA puede convertirse en una aliada poderosa. El problema no es la tecnología, sino un modelo educativo débil que confunde aprender con consumir respuestas.

Este escenario implica un giro claro en el rol docente. Lejos de desaparecer, el rol del profesorado se intensifica. Ya no basta con explicar bien un temario. Hay que diseñar contextos de aprendizaje, provocar preguntas relevantes, acompañar procesos de pensamiento y ayudar a construir sentido. El docente se convierte en un arquitecto cognitivo: alguien que crea las condiciones para que el alumnado no solo reciba información, sino que la transforme en conocimiento y criterio. Precisamente porque la IA puede automatizar muchas tareas, la educación tiene que centrarse en aquello que las máquinas no pueden hacer: pensar con criterio, interpretar contextos y decidir con responsabilidad.

En este contexto, la IA también nos obliga a revitalizar y resignificar la presencia educativa. En estos momentos, la presencia del docente y del alumno pierden sentido cuando el aula es solo un espacio constante de recepción pasiva de contenidos. En cambio, se convierte en relevante cuando el aprendizaje es también experiencia, acción e implicación cognitiva. Aprender no es solo sentarse y escuchar; es participar, experimentar, equivocarse, discutir y construir significado en interacción con los otros. Y, evidentemente, -por si alguien lo ponía en entredicho- pensar, estudiar y esforzarse. Y tener un docente 'retador' ayuda a esto último.

Ahora bien, este cambio solo será posible si los docentes disponen de unos mínimos de alfabetización en IA que no son negociables. Para emplear la IA no basta con saberla utilizar instrumentalmente o procedimentalmente. Hay que saber pensar con ella. Esto implica comprensión conceptual, criterio pedagógico, capacidad de juicio, conciencia ética y cultura digital. Sin estos elementos, el uso de la IA se reduce a una automatización acrítica de tareas, no a un verdadero aprendizaje.

En primer lugar, hace falta una comprensión básica de su funcionamiento. La IA no piensa ni entiende: funciona por predicción probabilística y puede generar errores y sesgos con una gran apariencia de verdad. Diferenciar entre generación de texto, conocimiento y sabiduría es fundamental.

En segundo lugar, hace falta criterio pedagógico. Saber cuándo tiene sentido utilizar la IA y cuándo no. Distinguir entre tareas instrumentales, donde puede ayudar, y tareas nucleares de aprendizaje, que no se tienen que delegar. No todo lo que es automatizable es educativamente deseable.

En tercer lugar, ética y responsabilidad. La privacidad, el uso de datos, la autoría y la integridad académica no son aspectos secundarios. El docente educa también con el ejemplo: con aquello que usa, con aquello que decide no usar, y con cómo explica estas decisiones al alumnado.

Finalmente, pensamiento crítico aplicado a la IA. No basta con utilizarla; hay que analizarla. Verificar respuestas, contrastar fuentes, detectar omisiones y sesgos. Convertir la IA en objeto de aprendizaje, no solo en herramienta, es una oportunidad educativa de primer orden.

Cómo leí hace días en el artículo de Xavier Farràs, la analogía perfecta es entender la IA como una bicicleta. Yo añadiría más, tendría que funcionar como una bicicleta eléctrica: ayuda a avanzar, pero no elimina la necesidad de pedalear. Sin esfuerzo cognitivo, no hay aprendizaje. En este sentido, en manos de personas formadas, la IA multiplica la capacidad de aprender y el criterio; sin formación, reduce el esfuerzo cognitivo y debilita el pensamiento. Por eso, sin una educación exigente, la promesa democratizadora de la IA puede convertirse en un nuevo factor de desigualdad.

La IA cambiará el mundo educativo. El reto es, por encima de todo, formar personas. Personas que piensen de manera ética, crítica y responsable en un mundo que es y será altamente digitalizado.