
Teólogo y músico, miembro de Cristianisme i Justícia. Autor del cuaderno 'Desconectados. Por una vida improductiva'
Domingos y otras fiestas de guardar: contra un capitalismo agotador
Las democracias liberales tienen aún pendiente la tarea de secularizar el mandato divino de santificar las fiestas

Riders de la empresa Glovo cerca de la Sagrada Familia. / Zowy Voeten / EPC
El turbocapitalismo de plataformas desconoce el tercer mandamiento: «santificarás las fiestas». Para los algoritmos digitales no existen días marcados en rojo en el calendario. Todas las jornadas son repeticiones grises de 86.400 segundos diarios disponibles para la producción. Atrás quedaron los días en los que el aullido de una sirena marcaba el final de la jornada laboral, cuando el cierre de unas puertas físicas nos lanzaba al disfrute de los lugares y los tiempos improductivos de la 'domus' y el ágora: la casa y la plaza pública. Hoy, desde su atalaya planetaria, el gran hermano digital no tiene ninguna puerta que cerrar, ni ningún reloj en el que podamos fichar la salida de teletrabajos desubicados. El autómata cognitivo global se frota las manos viendo el trasiego incesante de mineros digitales que trabajan día y noche, todos los días del año. Las perchas en las que los antiguos mineros analógicos colgábamos nuestros monos sudados, las lámparas de carburo y los cascos ennegrecidos, permanecen vacías. Reconvertidos en mineros digitales nos llevamos los martillos neumáticos a casa en forma de teléfonos móviles, ordenadores portátiles, relojes inteligentes y gafas de realidad aumentada. No dejamos de entrenar a los algoritmos predictivos de la fábrica-plataforma digital informando puntualmente de nuestras vacaciones, gustos culinarios, encuentros familiares, horas de sueño, actividades físicas, películas favoritas, opciones políticas… Toda la vida, hasta nuestras constantes vitales, son susceptibles de digitalizarse y monetizarse. Y quién mejor que nosotros mismos, mineros autoexplotados, para datificar nuestra existencia.
Las democracias liberales que tradujeron los principios sagrados de un alma humana semidivina y una fraternidad primigenia en los marcos seculares de la dignidad y los derechos humanos, tienen aún pendiente la tarea de secularizar el mandato divino de santificar las fiestas. No se trata de alentar un 'revival' espiritual que justifique la pervivencia de institucionalizaciones religiosas de dudoso entronque democrático, sino de dotarnos comunitariamente de liturgias seculares que defienda el tiempo y los lugares sagrados de nuestras vidas improductivas de la profanación del mercado. Convertir el derecho al descanso, a la fiesta, al 'dolce far niente' en imperativo sacro. Apuntalar el muro kantiano que defiende el valor de la vida desnuda por encima de cualquier precio.
Como en toda religión -confesional o laica- siempre aparecerán ateos y herejes que incumplan la ley divina del descanso. Dejémoslos trabajar en hormigueros digitales en los que nunca entra el sol, y como cigarras creyentes reescribamos la perversa fábula capitalista que nos han contado desde nuestra más tierna infancia, añadiendo el final que se nos ocultó: «Cuando llegó el invierno, las hormigas exhaustas de almacenar trigo en silos sin fondo se acercaron a las cigarras rogándoles que les enseñaran a cantar». Porque la moraleja enseña que en el invierno 'hormiguil' de sociedades sin cigarras no hay cantos que anuncien la llegada festiva y sagrada del verano.
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