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Un atentado con demasiadas preguntas
Descartada la existencia de una maquinación externa, todo apunta a que esta multiplicación de intentos de asesinato guarda relación con la extrema polarización que sufre EEUU
El tercer atentado contra Trump pone en cuestión al Servicio Secreto de EEUU y los protocolos de seguridad

Donald Trump / @realDonaldTrump / CONTACTO / EUROPA PRESS
Cuatro presidentes en ejercicio han sido asesinados en Estados Unidos. Abraham Lincoln, James A. Garfield, William McKinley y John F. Kennedy. Durante su mandato, Ronald Reagan fue herido de bala, y otro presidente salió ileso de otro tiroteo. Otros dos fueron objeto de atentados cuando ya habían dejado el cargo. Esta tradición violenta ha quedado pulverizada en la era de Donald Trump que ha sido objeto de tres atentados en los últimos tres años (uno durante la última campaña electoral y dos en el ejercicio del cargo). En consecuencia, es lógico que el último intento de asesinarlo, durante la cena de los corresponsales de la Casa Blanca, suscite numerosas preguntas. No nos referimos a aquellas que pretenden alimentar teorías de la conspiración –otra tradición arraigada en un país donde el 65% de los ciudadanos todavía creen que Kennedy murió víctima de un complot que no ha sido descubierto–, sino a las que apuntan a las causas profundas de la pulsión magnicida que volvió a manifestarse el pasado sábado.
Tampoco parece suficiente recurrir a la difusión de las armas entre la población civil para explicar lo sucedido, aunque la violencia de signo político no sería la misma si uno de cada tres norteamericanos (107 millones) no poseyera alguna arma de fuego. Las mismas armas existieron durante los seis mandatos posteriores a Reagan y ninguno de estos presidentes, incluido Trump durante su primer mandato, fue objeto de un intento de asesinato. Descartada, al menos de momento, la existencia de una maquinación externa, todo apunta a que esta multiplicación de los atentados guarda relación con la extrema polarización que sufre el país. El asesinato de Melissa Horman, representante demócrata en la Cámara de Minnesota, y su marido, en julio del año pasado, o el del 'influencer' ultraconservador, Charlie Kirk, en septiembre, así lo atestiguan. Ambos sufrieron las consecuencias de la violencia sectaria que recorre la sociedad norteamericana. Numerosos estudiosos sostienen que la proliferación de actos extremos, como el del pasado sábado, que buscan la eliminación física de un político son el resultado de la división que vive el país. Una polarización que rebasa el ámbito de lo estrictamente político y que busca la deshumanización del adversario, paso previo a una supuesta legitimidad de la violencia, hasta llegar al asesinato.
Las reflexiones que el presidente norteamericano ha hecho en caliente, tras la Cena de los Corresponsales, no iban en esta dirección. Aunque solo le hicieron falta unas pocas horas para pasar de un discurso de “unidad” y “amor” a acusar a los demócratas por la difusión de un “discurso de odio”. Donald Trump ni ha atendido a las causas sociales y políticas de lo ocurrido ni ha contestado a las preguntas que apuntan a evidentes fallos del sistema de seguridad de la Casa Blanca, que permitió a un ciudadano hospedarse en el mismo hotel donde se celebraba la cena, armado, coger el ascensor y dirigirse hasta un control cercano a la sala donde se encontraban medio gobierno y unas 2.000 personas. En este contexto, el intento de Trump de utilizar el atentado para justificar las obras de construcción de un salón de baile anexo a la Casa Blanca resulta patético, como lo es su deliberada voluntad de sacar importancia a lo sucedido y aprovecharlo políticamente. Cuando el presidente de un país sufre tres atentados en tres años, algo no va bien en este país. No solo en la seguridad. También en el clima político que ha llevado a esta situación, y todas las instituciones de Estados Unidos, incluida la presidencia, deberían reflexionar sobre ello.
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