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Opinión | Sant Jordi
Ernest Folch

Ernest Folch

Editor y periodista

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Disculpen por el optimismo

Aquel sueño que empezó hace al menos cien años de lograr un Día del Libro cívico, universal y popular es hoy una realidad, y un 'spot' global inigualable de todas nuestras virtudes

Un Sant Jordi de fábula y polinización con Eduardo Mendoza y Regina Rodríguez Sirvent

Barcelona 23/04/026 Cultura Ambiente Sant Jordi -Rambla de Catalunya. AUTOR: JORDI OTIX

Barcelona 23/04/026 Cultura Ambiente Sant Jordi -Rambla de Catalunya. AUTOR: JORDI OTIX / Jordi Otix / EPC

Disculpen la impertinencia, este es un artículo optimista. Los 'rondinaires' mejor dejen de leer y vayan a hacer los habituales tuits rabiosos desde el sofá de casa. Porque el propósito de estas líneas no es otro que felicitarnos entre todos. Sí, porque por una vez, en este país, hemos sido capaces de perpetrar otra vez esta maravilla llamada Sant Jordi. Gracias al trabajo hercúleo de libreros, autores, traductores, editores, distribuidores, floristas y un sinfín de servicios públicos de primera categoría, hemos repetido un año más el milagro de este día en el que millones de personas se lanzan a la calle a comprar libros, regalar rosas, celebrar nuestra lengua y pasear por la calle. Si esta fiesta inigualable se hiciera en Ámsterdam, Nueva York o París, gritaríamos "¡Qué envidia!" y nos autoflagelaríamos diciendo que nosotros nunca seríamos capaces de lograr nada semejante. Pues bien, resulta que este acontecimiento único en el mundo lo hemos inventado nosotros, gracias al trabajo ingente de varias generaciones (algunas, bajo el yugo de una dictadura) y lo hemos hecho crecer nosotros. Sí, tenemos algo sin parangón en el planeta, un día que debería ser Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, una de estas jornadas que cosen nuestra sociedad, nos hace creer en un proyecto común, nos eleva cultural y socialmente y además nos hace diferentes. Una de estas rarezas que nos permite exhibir con orgullo algo que nadie más ha logrado en nuestro planeta. En los últimos años, el Ayuntamiento de Barcelona ha tenido el acierto y la inteligencia de descentralizar el Sant Jordi, y ha conseguido hacer crecer de forma espectacular el evento en los barrios de la ciudad. Las riadas de gente que este año circulaban en Gràcia, Poblenou o Nou Barris han sido históricas, como lo ha sido en el resto de Catalunya. (Para rematarlo, ya solo faltaría que terminen de cerrar el paso del coche en ciertas partes del Eixample donde no solo molestan, sino que en calles como la Gran Via o València crean un problema de seguridad innecesario). Como en cualquier logro de nuestro país, han salido los quejicas como los caracoles después de la lluvia: que si los autores mediáticos, que si demasiado comercial, que si está masificado, que si el precio de las rosas. Muy bien, seguro que todo es mejorable y muchas de las críticas ayudan a mejorar todavía más. Pero deberíamos ser capaces, por una vez, de parar las máquinas un momento, darnos la mano y felicitarnos entre todos. Por eso igual está bien reconocer que aquel sueño que empezó hace al menos cien años de lograr un Día del Libro cívico, universal y popular es hoy una realidad, y un 'spot' global inigualable de todas nuestras virtudes. De hecho, hemos logrado un 'hat-trick' inaudito: en un solo día hemos juntado el Día del Libro, el Día de los enamorados de verdad y la Diada nacional oficiosa de Catalunya. Casi nada. Si somos capaces de mantener este fuego casi sagrado y pasarlo de generación en generación, cada año con más fuerza, querrá decir que quizás somos mejores de lo que nos imaginamos. Y ahora sí, ahora que nos hemos felicitado, ya podemos despedazarnos vivos otra vez. 'Spoiler': el Sant Jordi '27 será también apoteósico. Hasta dentro de un año, 'rondinaires'.

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