
Periodista
Sentido común y prioridad nacional
Vox presenta como obvio, neutral y sin ideología lo que en realidad es una construcción ideológica con efectos políticos muy concretos
La prioridad nacional tensa el debate de investidura de María Guardiola

Leonard Beard. / 5
“Nosotros estamos aquí, los 11 diputados de Vox, para proteger los derechos de los extremeños y los españoles primero, y después de los demás, porque todos somos seres humanos y todos merecemos respeto y consideración. Pero primero los extremeños. Ese es el principio de prioridad nacional. No se trata de excluir a nadie, sino de que vayamos primero nosotros. Esto es algo que entiende cualquiera”. En efecto, cualquiera entiende lo que quiere decir el diputado de Vox, en la Asamblea de Extremadura, Ángel Pelayo Gordillo, al explicar el concepto de “prioridad nacional” del pacto de su partido con el PP para investir a María Guardiola como presidenta de Extremadura. Y añade: “No se trata de egoísmo, sino de sentido común, nuestro lema en Vox”.
El sentido común es una muletilla muy útil para Vox y la extrema derecha. El ‘wokismo’, sostienen, es ante todo un ataque a la lógica más básica. Que quienes pagan impuestos se beneficien de las ayudas o que se dé preferencia a los de casa, a los nacionales, frente a los de fuera no son más que evidencias de lo más razonable. ¿Qué puede resultar más natural para un ciudadano estadounidense que hacer América grande de nuevo?
Noam Chomsky ya teorizó que gran parte de lo que se llama “sentido común” no es natural ni neutral, sino que responde a consensos socialmente fabricados a través de la educación, los medios —hoy, las redes—, los políticos y las instituciones. Que ciertos modelos económicos parezcan “inevitables” o que determinadas acciones y actitudes se acepten como “lo normal” es resultado de que se ha legitimado e interiorizado.
A la extrema derecha, apelar al sentido común le resulta una herramienta muy eficaz porque convierte ocurrencias discutibles, extremas e impensables en ideas que parecen obvias, naturales y apolíticas, una palabra clave después de haber contribuido como nadie a erosionar la confianza de la ciudadanía en las instituciones con la antipolítica. El sentido común es clave para normalizar y blindar frente a la crítica ciertas posiciones, ya que el juicio del pueblo es irrebatible e infalible. En todo populismo, en la dicotomía esencial del “nosotros” contra “ellos”, el sentido común está del lado del “nosotros” por definición.
Es un ejemplo de cómo una propuesta extrema puede ganar presencia pública cuando un actor institucional de primer nivel, en este caso el principal partido de la derecha, acepta incorporarla al debate
Gracias a presentar sus mensajes como obvios, propuestas radicales dejan de parecer extremas para pasar a ser sensatas y evidentes. Se busca con ello presentar como algo sin ideología lo que es una clara posición ideológica y simplificar problemas complejos. Y también cumple la función de blindar moralmente la propuesta: si una idea es de “sentido común”, disentir es de ignorantes, malvados o elitistas. Casi, casi propio de felones, por usar un descalificativo muy de su gusto.
Y, además, esa idea les sirve para orientar los temas de conversación: ¿cómo no se va a hablar de una propuesta si es de sentido común? Con la prioridad nacional, Vox ha llevado a cabo un fenomenal ejercicio de 'agenda setting': una idea extrema, alejada de la conversación política, perteneciente a los estratos más radicales del debate, es ahora una discusión legítima y normal, que forma parte de un acuerdo de un Gobierno autonómico y se debatirá en el Parlamento.
Obligar por la fuerza a alguien a hacer o pensar algo es menos eficaz que lograr que esas acciones o ideas parezcan sentido común. Entonces ya no hay conversación ni discusión, porque se trata de evidencias a las que solo los radicales se pueden oponer. En efecto, lo de Pelayo Gordillo, el diputado de Vox en la Asamblea de Extremadura, lo entiende cualquiera.
En el caso de la prioridad nacional, su conversión en una idea legítima sobre la que se puede y debe debatir ha contado con la colaboración del PP. Es un ejemplo de cómo una propuesta extrema puede ganar presencia pública cuando un actor institucional de primer nivel, en este caso el principal partido de la derecha, acepta incorporarla al debate. No es la primera vez, ni será la última, que determinados cambios sociales y políticos empiezan a asentarse simplemente porque se habla de ellos. Por lo general, quien fija el terreno de juego, las reglas y el formato del enfrentamiento suele llevar ventaja. Aceptarlo es empezar a ceder posiciones. Esto también es sentido común, aunque en su relación con Vox, el PP no siempre parezca tenerlo presente.
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