
Directora adjunta de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA
El Sant Jordi de Gisèle Pelicot: una llamada a las lecturas que incomodan

Gisèle Pelicot, en Barcelona. | / MANU MITRU / EPC
Cada Sant Jordi, Barcelona escenifica su pacto más hermoso con los libros: sacarlos a la calle, convertirlos en conversación pública y recordar que leer también es una forma de pertenecer a la ciudad. La imagen es poderosa y forma parte del ADN barcelonés. Pero reducirla a una postal amable y previsible implicaría domesticarla. No todos los libros están pensados para gustar ni para adornar la fiesta. Algunos existen para lo contrario: incomodar, interrumpir, desordenar la mirada y dejar al lector sin coartada. En una época adicta a los mensajes rápidos y a las certezas instantáneas, esas obras importan más que nunca y son las que de verdad sostienen la cultura.
Regalar —o regalarse— títulos como Un himno a la vida, de Gisèle Pelicot, es elegir uno de esos libros que remueven y, precisamente por eso, se vuelven necesarios. El libro recoge la crudeza de lo vivido, su violación por parte de su marido y de, al menos, 50 hombres más. Pero lo aborda desde la sobriedad y la contención -"medio siglo de mi vida destrozado"-, rehúye el golpe bajo y evita la obscenidad emocional que hoy tanto se confunde con autenticidad. No existe exhibicionismo del dolor ni frases diseñadas para circular sin contexto. Existe, en cambio, un relato firme que avanza hacia la reconstrucción en vida de la propia Pelicot, sin pedir permiso ni ofrecer moralejas. Y, aun así, deja frases que se fijan en la memoria, como «la vergüenza cambia de lado».
En un ecosistema saturado de relatos del yo, donde el dolor se produce, se empaqueta y se consume con la misma inmediatez con la que se olvida, la obra de Pelicot introduce algo cada vez más raro: distancia, control y sentido. "Esta historia remueve nuestra violencia, nuestra inmundicia apenas oculta, nuestros traumas latentes, nuestros silencios, nuestras huidas, es el sucio reflejo de la dominación y la depredación, que aún estructuran nuestro mundo", escribe.
Elegir un libro en Sant Jordi nunca es un gesto inocente. Es decidir qué historias merecen ocupar espacio, como la de Pelicot, y cuáles quedan relegadas al ruido de fondo. Quizá por eso convertir la jornada en una sucesión de elecciones previsibles -con títulos que no exigen demasiado o que confirman lo que ya pensamos- es una forma sutil de vaciarla.
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