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Opinión | La Calle Nueva
Juan Cruz Ruiz

Juan Cruz Ruiz

Periodista y escritor

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Eduardo Mendoza

La costumbre de revolverse contra personas así conduce, sin duda, a la melancolía de los que no tienen nada que hacer con la alegría de vivir, de leer

Eduardo Mendoza: "Soy un bocazas. Como cuando dije que la novela había muerto y me perseguían por la calle con un palo"

El escritor Eduardo Mendoza firma ejemplares de su libro.

El escritor Eduardo Mendoza firma ejemplares de su libro. / LORENA SOPENA / EUROPA PRESS

Eduardo Mendoza es un genio. Nunca lo he visto ser otro que un genio tranquilo, un español de todo el mundo que se hizo escritor en Nueva York, donde ahora no viviría. Una inteligencia mayor, un hombre de envidiable humor, una alegría que la vida nos ha dado a los lectores, a los que lo han podido conocer, a los que admiran su modo de referirse a la vida y a sí mismo.

Es, además, Eduardo un hombre amable, es decir alguien que al referirse a otros no se propone como un ser humano superior. Al contrario: es de esas personas que mirarían para otro lado si alguien se dirige a ellos con el elogio que no busca. Claro, es un hombre que está en el mundo, y dice cosas que contemplan la vida de la broma, del chiste o, simplemente, de la carcajada que precede al último momento de una despedida. Yo lo he visto despedirse, en actos, en celebraciones, en despedidas: siempre está al tanto de lo que dice para ser justo con lo que encuentra ante sí. Y siempre lo encuentro con la sobriedad que, cuando se propone para la literatura, es una delicia, un texto distinto siempre, una alegría de leer.

Ahora Mendoza ha hecho una broma que ha sido resuelta por los que no saben buscar sino los tres pies del gato para tratar de echarlo del cuadrilátero de la vida cotidiana. Es decir, de la vida de los que no tienen otra cosa que hacer que cerrarle las puertas al que mejor las abre. Es una vergüenza lo que hacen quienes ahora lo han denostado para retirarlo, por ejemplo, de la Feria del Libro catalana. ¡Habrase visto!

Es una pena. Con buen criterio, él no ha dicho nada a los que se han empleado a fondo para lograr que otros inflados de estirpes parecidas le dijeran de todo en las llamadas redes y también en los medios. Leo esto que cuenta 'El País': “Las juventudes de Junts agitan la semana de Sant Jordi llamando al boicot a Eduardo Mendoza”… Sectores independentistas han pedido que se le retire la Creu de Sant Jordi, por cuestionar el sentido nacional del 23 de abril y reclamar que el Sant Jordi fuera llamado El Día del Libro… ¿El sentido nacional? ¿El mismo sentido nacional que ahora se predica para que los españoles sean muy españoles y los que nos vienen de fuera sean nada españoles?

¿Y? ¿Qué puede hacer un escritor con lo que quiere, con lo que dice con su palabra, con lo que en definitiva forma parte de su real gana? La costumbre de revolverse contra personas así, como Eduardo Mendoza, conduce sin duda a la melancolía de los que no tienen nada que hacer con la alegría de vivir, de leer, de ir a las ferias a encontrarse con escritores o con libreros para ilustrarse más, o mejor, buscando en ellos la literatura, esta posibilidad impar que tiene el lector para ser mejor que el que no lee.

Este es un tiempo muy duro en el que se premia el ejercicio de la estupidez. No hay vuelta atrás, una vez que un estúpido tiene una ocurrencia hay decenas, miles, millones que están dispuestos a asaltar los cielos de la inteligencia para romper la crisma de los seres dotados para hacer de la ironía la parte más útil de la inteligencia.

Por España, y por el mundo, desde Argentina a Estados Unidos, desde esas bobadas de Junts a las que vemos cada día en los medios que no buscan sino la oscuridad para hacerla más oscura. Viajan ahora, con nombres propios que tienen la identidad de la política, pero también del periodismo y del mal pensamiento, seres en busca de asaltar los caminos de la ocurrencia.

Ahora mismo Vox, que también se puede llamar PP, se ha saco de su manga corta un modo atrevido de destruir la inteligencia: quieren que los españoles seamos los únicos que vivamos del supuesto pastel que nos toca; han decidido los que ahora abrazan por igual la horrísona pasión de despreciar al otro que ahora el pan es solo nuestro, una prima que nos viene de la riqueza que nos toca. Me dan ganas de ser de cualquier sitio donde no se hagan presentes aquellos que desprecian al vecino cuando este no es o de su estirpe o de su barrio.

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