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Periodista
Confusión y descréditos en la guerra de Irán

La Guardia Revolucionaria anunció el miércoles el apresamiento de dos buques. / MarineTraffic / EFE
La confusión se adueña de las por el momento fallidas negociaciones de Islamabad para resolver la guerra de Irán y destensar los mercados. Lo que entre el martes y el miércoles se interpretó como una prórroga indefinida de la tregua en el campo de batalla, quedó aclarado entre el miércoles y el jueves que no era tal, sino un nuevo margen de maniobra de unos días establecido por Donald Trump para dar tiempo a los iranís a presentar una propuesta unitaria, vistas las diferencias entre el Ejército -la Guardia Revolucionaria, más probablemente- y el entorno del líder supremo Mojtaba Jameneí, cuyo estado de salud es un misterio inextricable. Una explicación del impasse contrarrestada por Teherán con otra similar: las conversaciones no avanzan porque hay discrepancias entre los negociadores estadounidenses y la Casa Blanca.
De esa doble ceremonia de la confusión es imposible deducir una hipótesis plausible de dónde se encuentran los contactos. Algunos datos filtrados por los grandes medios de Estados Unidos inducen a tener por cierto que en la primera reunión de Islamabad telefoneo J.D. Vance a Donald Trump una docena de veces para evacuar consultas sobre detalles concretos de la propuesta iraní. También parece bastante sólida la impresión de que la sintonía del secretario de Defensa, Pete Hegseth, con altos mandos militares es manifiestamente mejorable. Y cada día son más significativos los síntomas de inquietud en el campo republicano, alterado el pulso de muchos de los candidatos que participarán en las elecciones de noviembre porque las encuestas arrojan porcentajes de una claridad meridiana: el rechazo a la guerra supera ya el 75% del censo.
En mitad del crucigrama sin resolver, a Trump le quedan tres opciones para salir del atolladero (es un decir): lograr la autorización del Congreso, reducir las operaciones a una guerra reducida a su más mínima expresión o concederse una prórroga. Hasta ahora, el presidente ha podido acogerse a la excepción contenida en la Ley de Poderes de Guerra de 1973 que prohíbe intervenciones en el extranjero de más de 60 días sin autorización del Congreso -más otros 30 días para retirar las tropas-, pero no puede ir más allá salvo violación flagrante de ese principio. En teoría, no puede tampoco simular un estancamiento -war without war- o darse a sí mismo más tiempo con algún motivo no objetivable, aunque siempre puede invocar una amenaza inminente de la seguridad nacional para seguir en la brecha, no sin arriesgar un mayor desgaste en sus índices de aceptación (ahora están algo por debajo del 40%).
Resulta de todo ello un descrédito manifiesto de la Casa Blanca, enfangada en una guerra que probablemente no quiso, víctima de sus análisis imprecisos sobre la capacidad de resistencia de la república de los ayatolás y atrapada en la construcción de una realidad virtual que en nada se corresponde con la realidad constatable sobre el terreno. Se mire por donde se mire, la llave de paso del estrecho de Ormuz la tiene Irán, una paz inmediata requeriría un mínimo de seis meses para desminarlo, según una aproximación de plazos que maneja el Pentágono, y la desaceleración del precio del petróleo no sería ni mucho menos inmediata -el regreso a los 70 dólares barril se alcanzaría en otoño-, sino desesperantemente lenta para los consumidores. Puede sufrir Irán daños enormes si vuelven los combates, pero está asimismo en disposición de dañar gravemente su entorno, señores del petróleo aliados de Estados Unidos que son grandes actores en las finanzas globales.
Más allá de la propaganda y la intoxicación informativa, The New York Times publicó el jueves un largo trabajo sobre el aumento del control de Irán sobre el estrecho después de que bloqueara el paso a un mínimo de dos barcos. El senador demócrata Tim Kaine ha declarado en el semanario Time: “Cuando lleguemos al día 60, según lo que dicen algunos republicanos, eso podría ser un punto de inflexión para ellos”. Una inflexión llena de riesgos a decir verdad porque cualquier señal de desunión o disidencia que aflore en la mayoría republicana puede ser un mecanismo de desgaste con efecto inmediato en las elecciones de noviembre de mitad de mandato. Como dijo hace unas semanas un analista requerido por la CNN, “ningún congresista se juega el futuro por un presidente impreciso”.
Parafraseando a Sadam Husein, la cita de Islamabad, de naturaleza a la vez determinante y volátil, es la madre de todas las batallas incruentas, pero también de las cruentas si al final no sirve para reconducir la situación. Con una variante que sobrevuela el teatro de operaciones desde el primer día: Israel no participa en las conversaciones, aunque desencadenó la guerra, y hay que ver hasta qué punto interfiere en la resolución del conflicto o se pliega a las condiciones eventualmente pactadas por Estados Unidos con la teocracia de los ayatolás. Mantiene para Irán el Gobierno de Binyamin Netanyahu la consideración de gran rival estratégico, de régimen amenazante que interfiere en sus objetivos de potencia hegemónica, respaldado por Hizbulá y Hamás al norte y al sur de Israel, dos organizaciones menguantes (sobre todo, la gazatí), pero que siguen ahí con un nada desdeñable apoyo en comunidades sojuzgadas.
Ha dejado de tener Trump a su favor, además del poder de presión y la superioridad militar, su desconcertante técnica de negociación o subasta a la baja a partir de una oferta inicial maximalista. Tiene el trumpismo más radical y sectario una enorme dificultad para aceptar la realidad, para ceñirse a los datos esenciales del problema: la prolongación sine die de la inestabilidad en Oriente Próximo acrecentará la inseguridad y dañará la economía en mayor medida de lo que lo ha sido hasta la fecha, ha dejado de tener el espantajo de lo tenido como woke la eficacia y poder de convicción necesarios para ganar afectos en entornos perjudicados por la inflación, donde la persecución de los inmigrantes y otras tropelías apenas aportan beneficios electorales. Cayó el presidente en una trampa para elefantes y es muy difícil que logre salir de ella sin coste político alguno, atrapado en una madeja de gestos contradictorios y declaraciones confusas, trufadas con un léxico a menudo infantil cuyo significado y alcance sorprende por su simpleza conceptual y desprecio por las grandes convenciones. Es improbable que tal pauta de conducta sirva para desatascar la guerra y es más probable que cause grave daño a escala universal.
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