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Opinión | Parece una tontería
Juan Tallón

Juan Tallón

Escritor.

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No ahorrar detalles

Me temo que si no cuentas las cosas es como si no pasaran, o como si pasaran solo una vez, y después cayesen al vacío para siempre, y de ahí ya no pudiesen ser rescatadas

Barcelona 06/03/2026 Cultura. El escritor Emmanuel Carrère,fotografiado en Barcelona. AUTOR: JORDI OTIX

Barcelona 06/03/2026 Cultura. El escritor Emmanuel Carrère,fotografiado en Barcelona. AUTOR: JORDI OTIX / Jordi Otix / EPC

En una de esas comidas en las que de entrada no sabes con quién van a ponerte, y desde una hora antes rezas para que no te toquéeal lado un imbécil o un pesado, me sentaron con Lois Caeiro, exdirector del diario 'El Progreso'. Tuve muchísima suerte. En un momento dado, nuestra conversación se desvió hacia el último libro que habíamos leído. Lois mencionó 'Koljós', de Emmanuel Carrère. Tanto le gustó que, por afearle algo, comentó que «Hay cosas que a veces no es necesario contar». A mí me pareció que no contar, cuando eres escritor, se vuelve dificilísimo; y a veces gravísimo. Casi se trata de un mal menor. Guste o no, forma parte de la naturaleza del escritor retar la mesura. El propio Carrère tiene a gala admitir que «la presencia de un escritor en la familia, a menos que escriba novelas fantásticas, es una fuente de problemas», una manera de suavizar aquello que sostenía más crudamente el premio nobel Czeslaw Milosz, al decir que «cuando en una familia nace un escritor, esa familia está acabada».

La vida del escritor –incluyendo intimidades, secretos o miserias familiares– representa una fuente de alimentación irrenunciable, aunque después esté en sus manos decidir si esos detalles personales se diluyen en sus libros hasta parecer episodios de la vida de otros, ficticios o no, o si caen tal cual en una página. Me temo que si no cuentas las cosas es como si no pasaran, o como si pasaran solo una vez, y después cayesen al vacío para siempre, y de ahí ya no pudiesen ser rescatadas. Un día abandonas el empeño en decirlas y pronto el olvido lo devora todo, y cuánto tardan en no haber existido nunca las cosas que una vez pasaron, pero un día dejaron de ser relatadas. No demasiado. Primero suceden, después se lo cuentas a alguien, y entonces sí, puede decirse que las cosas ocurrieron de verdad. Todos por naturaleza necesitamos contar algo a alguien, o a uno mismo, y ser prolijos con los detalles. Los detalles, de hecho, representan mejor que nada la vida, y en cualquier caso mucho más que las abstracciones. Cualquier persona está siempre dominada por la necesidad de ofrecer testimonio. Qué hay más acuciante que explicar qué te pasa, qué sientes, qué ves, qué oyes, qué temes, qué te gustaría, qué aborreces, qué esperas... Contar es quizá el ejercicio más trascendental y hermoso que puede llevar a cabo el ser humano.

En una de esas entrevistas que transcienden el tiempo, William Faulkner dijo en 'The Paris Review' en 1956, que «el artista es una criatura movida por los demonios. Es completamente amoral en el sentido de que roba, toma prestado o pide de todos y de cualquiera para conseguir su trabajo». Y añadía, amigo Lois, que «la única responsabilidad del escritor es con su arte. Si es bueno será completamente despiadado. Tiene un sueño. Le angustia tanto que debe librarse de él. Y no logará la paz hasta entonces. Hay que desecharlo todo: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, para conseguir escribir el libro. Si un escritor tiene que robar a su madre, no dudará en hacerlo. La 'Oda a una urna griega' [poema de John Keats] bien vale unas cuantas viejecitas».

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