
Profesor de Logística, operaciones y producción de la UOC e investigador del grupo URBANLOG
El coste invisible de los conflictos: la ayuda que no llega
La labor humanitaria depende de una arquitectura global de infraestructuras, corredores, almacenes, combustible, seguros, coordinación e información. No basta con que exista voluntad política, financiación o capacidad técnica

Barcelona manda un convoy humanitario a la ciudad de Kiev / VÍDEO: EFE
Cuando una crisis estalla en una región estratégica como Oriente Medio, la atención suele dirigirse enseguida a la escalada militar, al precio del petróleo o al equilibrio entre grandes potencias. Sin embargo, hay otra consecuencia que rara vez ocupa el centro del debate y que, probablemente, resulta mucho más urgente: el deterioro de la ayuda humanitaria. Mientras los mercados reaccionan y los gobiernos recalculan posiciones, alimentos, medicamentos y suministros básicos empiezan a tardar más, a costar más y, en algunos casos, dejan de llegar.
Eso es lo que está ocurriendo con la crisis en torno al estrecho de Ormuz. El bloqueo de esta ruta y las restricciones en el espacio aéreo regional no solo están alterando el comercio internacional. También están afectando a las cadenas de suministro de las que dependen muchas operaciones humanitarias en África subsahariana, Asia y Oriente Próximo. El Programa Mundial de Alimentos, Unicef, Save the Children o Médicos Sin Fronteras ya han advertido de retrasos, sobrecostes y dificultades operativas. No hablamos, por tanto, de una derivada secundaria del conflicto, sino de una afectación directa sobre la capacidad de respuesta.
La situación es especialmente delicada porque una parte importante de esta ayuda se articula a través de Dubái. La literatura sobre logística humanitaria lleva tiempo señalando el papel central de Dubai International Humanitarian City, considerado el mayor 'hub' logístico humanitario del mundo, desde donde se coordinan, almacenan y redistribuyen suministros para emergencias internacionales. Cuando esas rutas se bloquean o se encarecen, la ayuda no desaparece de golpe, pero sí empieza a llegar más tarde, en menor volumen y con una presión creciente sobre unos presupuestos que ya venían muy tensionados.
Aquí aparece una de las realidades más duras de la logística humanitaria. No estamos hablando de un problema accesorio o administrativo. La cadena de suministro concentra, de media, el 74% del coste total de una operación humanitaria. Y en contextos de conflicto ese peso puede situarse en torno al 80%. Esto significa que cualquier alteración en transporte, almacenamiento, aprovisionamiento o acceso repercute directamente en la cantidad de ayuda que puede prestarse.
Por eso, cuando suben el combustible, las primas de seguro o los recargos por riesgo, no se reduce el margen de beneficio de nadie: se reduce la ayuda disponible. El propio Programa Mundial de Alimentos lo ha expresado con crudeza: si las operaciones se encarecen entre un 20% y un 30%, la ayuda efectiva cae en esa misma proporción. Esa es la lógica más incómoda de todo esto. En el ámbito humanitario, más coste significa, sencillamente, menos cobertura.
A eso se añade el tiempo. Reorganizar rutas, buscar alternativas viables o consolidar envíos no es inmediato. Todo eso alarga plazos en un sector donde la rapidez no es una ventaja competitiva, sino parte de la propia respuesta. En la logística comercial, llegar tarde ya es un problema. En la humanitaria, puede ser algo mucho más serio. El valor de muchos suministros no depende solo de llegar, sino de llegar cuando todavía sirven.
Además, el impacto no termina en el transporte. El encarecimiento de la energía ya está repercutiendo en los precios de los fertilizantes y de los alimentos, lo que añade más presión a economías muy dependientes de importaciones. Y ahí el problema deja de ser logístico en sentido estricto para convertirse en algo mucho más amplio: inseguridad alimentaria, presión sobre sistemas sanitarios ya débiles y menor capacidad de reacción ante futuras crisis.
Lo que está ocurriendo revela, en el fondo, algo que tendemos a olvidar: la ayuda humanitaria también depende de una arquitectura global de infraestructuras, corredores, almacenes, combustible, seguros, coordinación e información. No basta con que exista voluntad política, financiación o capacidad técnica. Hace falta que la ayuda pueda moverse.
Y eso, en muchos de los países que más dependen de la asistencia internacional, ya era difícil antes de esta crisis. La investigación en logística humanitaria insiste desde hace años en los mismos obstáculos: infraestructuras deficientes, inseguridad, dificultades de acceso, problemas de coordinación y limitaciones de financiación. En muchos contextos vulnerables, la cadena de suministro ya era frágil antes de que estallara esta nueva crisis. Lo que hace una disrupción como la actual es multiplicar esa fragilidad.
Quizá por eso esta crisis deja una enseñanza incómoda. La logística humanitaria no es un simple soporte de la acción humanitaria. Es parte de su posibilidad misma. Cuando falla, lo que se resiente no es solo la eficiencia del sistema, sino su capacidad para sostener a quienes ya estaban en el límite. Y ahí está, probablemente, el verdadero coste invisible de los conflictos: no solo lo que destruyen de forma directa, sino toda la ayuda que, sin hacer demasiado ruido, deja de llegar.
- Última hora del hantavirus en el crucero MV Hondius, en directo: contagios, cuarentena y posible llegada a Canarias
- El juez del caso Montoro respalda la investigación de los Mossos y recuerda al exministro que los agentes tienen 'autonomía
- Los economistas coinciden: muchos jóvenes tendrán que trabajar más allá de los 70 años para mantener su pensión
- Encuestas de las elecciones en Andalucía 2026: así están los sondeos
- Una madre y su hijo, hospitalizados con 'quemaduras graves' tras una explosión en Barcelona
- Más de 600.000 alumnos podrían quedarse sin colonias y salidas escolares en Catalunya ante la escalada del conflicto
- Denuncian a un comerciante de Mataró por vender 51 zapatos de lujo robados en 2024 de un trastero de Gavà
- El paciente español contagiado por hantavirus empieza a tener síntomas: febrícula y dificultades respiratorias