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Opinión | Gárgolas
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Yo tampoco lo sé, señora

Leo que por Sant Jordi se venderán siete millones de rosas, que es un cálculo que no sé cómo se hace. Y que serán un 2% más caras, por culpa del transporte aéreo y del estrecho de Ormuz, algo que, francamente, tampoco entiendo

Las rosas serán un 2% más caras este Sant Jordi por la subida del precio del combustible de los aviones

Las paradas de libros llenan las calles de Barcelona durante una jornada que transforma la ciudad en una gran librería al aire libre.

Las paradas de libros llenan las calles de Barcelona durante una jornada que transforma la ciudad en una gran librería al aire libre. / Grand Tour de Catalunya

Enrique Vila-Matas ha explicado una anécdota que es la madre de las anécdotas referidas al día de Sant Jordi. La escena es esta: le colocan en una plataforma elevada, en la planta de moda masculina de un conocido centro comercial, rodeado de maniquíes de Emidio Tucci y de dependientes que parecen todos el mismo dependiente. Parece, dice Vila-Matas, uno de esos entarimados que se preparan para recibir a los Reyes Magos. La diferencia, muy notable, es que no hay niños que entreguen las cartas ni papás y mamás que les acompañen. La plataforma es tan elevada que nadie se acerca a ella. De vez en cuando, por los altavoces, se anuncia su presencia y se publicita la firma de los libros que el escritor está dispuesto a firmar para un auditorio inexistente. El encargado de la planta, la tercera, la de Hombres, le da conversación para pasar el tiempo. Nadie se acerca. El encargado esboza una disculpa: “Ya se sabe, aquí los clientes vienen a comprar americanas y corbatas”. Al final, una madre y un niño (que ya sabe que los Reyes Magos son los padres y no Vila-Matas) simulan que se interesan por aquel hombre solo en la plataforma. La mamá pregunta qué hace allí. Y Vila-Matas responde: "Yo tampoco lo sé, señora".

Mezclo esta anécdota con una de cosecha propia, porque los detalles son los mismos, con alguna variante. En mi historia, compartí una plataforma similar con ese famoso presentador de televisión que llevaba corbatas estrafalarias, probablemente compradas en otra planta tercera de un conocido centro comercial, probablemente de Nueva York. José María Carrascal firmó un libro más que yo. Es decir, firmó uno. Mientras tanto, esa hora interminable la matamos con conversaciones piadosas con el encargado y con algún comentario mío, por supuesto, sobre las corbatas estrafalarias. Y la cosa acabó ahí, una hora después de habernos convertido en maniquíes de Emidio Tucci. Es decir, plantados en la plataforma, sin alma, impertérritos, ausentes. Yo tampoco supe nunca lo que hacía allí.

En las reflexiones de Vila-Matas hay otro momento destacable. La escena es esta: una parada de libros y un hipotético comprador que mira y revuelve y revuelve y vuelve a mirar el libro, y la contracubierta, y luego mira directamente a la cara del escritor que está ahí, ausente e impertérrito, tras el montón de libros que el hipotético comprador contempla. Estás a merced de esa persona y, “en el fondo, aunque disimules, estás diciendo: ¡compra, compra!”. No eres exactamente un animal enjaulado en un zoo, sino más bien una de esas chicas de la Rosse Buurt de Ámsterdam, plantadas en el escaparate, impertérritas y ausentes, que, de vez en cuando, cruzan la mirada con el observador y, medio disimulando, están diciendo: “Compra, compra”.

Leo que por Sant Jordi se venderán siete millones de rosas, que es un cálculo que no sé cómo se hace. Y que serán un 2% más caras, por culpa del transporte aéreo y del estrecho de Ormuz, algo que, francamente, tampoco entiendo. Será la primavera y será a causa de lo del vuelo de una mariposa.

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