
Periodista
Pantallas gigantes, depende para qué
Igual es que, como buenos catalanes, por televisión solo nos apetece ver nuestras propias derrotas

El alcalde de Girona, Lluc Salellas, este sábado / ACN
En Girona no van a poner pantallas gigantes para seguir el Mundial, al alcalde Salellas -eso salta a la vista- el deporte le es ajeno, más un enemigo que un desconocido, y encima la selección española cuenta entre las favoritas, no va a arriesgarse a tener a parte de sus ciudadanos gritando por las calles “yo soy español, español”. Salellas no termina de entender que está al servicio de los ciudadanos y no al revés y, puesto que está convencido de que la razón está de su parte, se ha impuesto el objetivo de que seamos y pensemos como él. Para empezar, nada de selección española, pero no terminará ahí la cosa: no cejará hasta conseguir también que calcemos todos ridículas alpargatas, tengamos nuestras casas tan puercas como la ciudad, seamos sectarios, escribamos tuits ridículos y nos pasemos por el forro cualquier código ético si nos impide optar de nuevo al cargo. Una vez conseguida una ciudad de 100.000 Salellas, entonces sí, entonces tal vez piense en retirarse, no sin antes cambiar el nombre de Girona por el de Salellandia. El infierno debe de ser algo parecido.
Uno no vería jamás un partido de fútbol en una pantalla callejera, para eso nada como los bares, unos lugares donde con un simple gesto te sirven una cerveza helada. Pero uno tampoco impediría que los demás lo disfrutaran, por eso uno no es alcalde. La principal función de un alcalde -por lo menos, eso parece por estos lares- es llevar a cabo gestos que signifiquen “aquí mando yo y se hace lo que me da la gana a mí”.
Como buen catalán adinerado, Salellas argumenta que no quiere gastar dinero público colocando pantallas, cuando el mundial se emite por TV en abierto. Un razonamiento curioso, por lo menos en esta ciudad, en la cual en 2017 se colocó una gran pantalla enfrente del ayuntamiento para asistir a la proclamación de la republiqueta por parte del Vivales. También aquel partido se emitía en abierto por TV, y bien que se gastó dinero, y eso que no duró 90 minutos, ni siguiera nueve minutos, sino unos nueve segundos, y el que falló el gol a puerta vacía salió corriendo del estadio y todavía no ha regresado. Igual es que, como buenos catalanes, por televisión solo nos apetece ver nuestras propias derrotas, y entonces sí que no reparamos en gastos, todo sea para poder continuar con nuestro victimismo.
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