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Opinión | Gobierno
Pilar Rahola

Pilar Rahola

Periodista y escritora

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El uso privado de la 'res publica'

Si la regularización exprés es un ejemplo de abuso del interés privado sobre el bien común, la crispada política exterior de Sánchez es otro ejemplo preocupante

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Leonard Beard.

Leonard Beard. / 5

Las buenas ideas y las malas intenciones. O, quizás, las buenas ideas y las malas gestiones. O las precipitaciones. O los motivos erróneos que las motivan. Dicho de otra forma, hay una enorme diferencia entre una buena idea y el momento, los motivos y las maneras en que se desarrolla, y esta diferencia marca la bondad o maldad del proyecto final. Esta simbiosis entre la idea y sus contingencias es especialmente sensible cuando se trata de la ‘res publica’, sobre todo en la concepción de 'res populi' que Cicerón le dio. De ‘la cosa pública’ a la ‘cosa del pueblo’, concebido a la manera en que lo define el gran filósofo, “un Estado solo es legítimo si se basa en el consenso sobre el derecho y el beneficio común”.

Pero cuando el beneficio propio fuerza los tempos y los parámetros de actuación, acostumbra a ser el beneficio común quien paga las consecuencias. Este es el punto crítico donde se sitúan muchas de las iniciativas que Pedro Sánchez ha encabezado, sobre todo las más llamativas y polémicas. Está tan obsesionado con la supervivencia del poder, que todo lo supedita al tacticismo más primario, sin tener en cuenta las contingencias de cada caso. El ejemplo más notorio es el proceso extraordinario de regularización que ha impuesto vía real decreto, y que contiene todos los pecados de la mala política. De entrada, se forzó de manera apresurada, no para que no pudiera esperar una tramitación más serena, sino por el juego de equilibrios de Sánchez, que necesitaba dar un caramelito a Sumar, después de pactar el traspaso de inmigración con Junts. Traspaso, por cierto, que no parece que haya ningún interés en avanzar.

Con su obsesión enfermiza para liderar el 'team' de los enemigos de Israel, el presidente del Gobierno ha conseguido que España sea vista como una de las naciones más agresivas contra los judíos de Europa

Es decir, fue la necesidad táctica de Sánchez -empeñado en ganar tiempo- y no la necesidad social la que precipitó la regularización. A partir de este pecado original, el resto se ha amontonado. De primeras, se forzó la aprobación sin pasar por el Parlamento, es decir sin tener los consensos necesarios para una decisión tan sensible y de tanto impacto. Y, como era inevitable, tampoco había los recursos ni la logística necesaria para poder asumir de manera razonable la avalancha de peticiones que habría y que, lógicamente, colapsarían los estamentos policiales. A la vez, tampoco se tuvo en cuenta el consenso mínimo con la Unión Europea, que anda en dirección contraria y alerta del “flujo imparable” de migrantes que puede provocar. Países como Alemania y Francia han llegado a decir que este decreto pone en peligro el acuerdo de Schengen, y el mismo comisario de Interior de la UE ha advertido de las “consecuencias negativas” del decreto. Resumiendo: un tema sensible como es la regularización masiva de migrantes no nació de la necesidad perentoria, sino de la táctica política, siempre tan inmediatista como voraz; no se resolvió a través del consenso parlamentario, ni buscó el acuerdo con Europa, sino que se aprobó por la puerta trasera de un real decreto; y se precipitó sin tener en cuenta ni las complejidades logísticas, ni los recursos económicos. Sánchez necesitaba calmar a Sumar, y no le importó jugar con un tema de enorme impacto social.

Si la regularización exprés es un ejemplo de abuso del interés privado sobre el bien común, su crispada política exterior es otro ejemplo preocupante. Sánchez está forzando una línea internacional que lo convierte en un líder radicalizado -tipo Petro, a la española-, aleja a España de sus aliados naturales, acerca el país que preside a las peores dictaduras (desde China hasta Irán), y será el responsable de las consecuencias que todo ello tendrá. No hace falta decir que, además, con su obsesión enfermiza por liderar el 'team' de los enemigos de Israel, ha conseguido que España sea vista como una de las naciones más agresivos contra los judíos de Europa. Es una política exterior contaminada por el activismo y el 'pancartismo', sin ningún sentido geopolítico inteligente, y siempre supeditada a la lógica de su supervivencia política. Todo son encuestas, números, previsiones, en una carrera por mantener una presidencia sin mayoría e intentar ganarla de nuevo, a pesar de todos los escándalos. Este es el objetivo supremo, y es en favor de este hito que Sánchez supedita todas sus decisiones. No es un presidente al servicio de un Estado, sino un Estado al servicio de un presidente.