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Horas decisivas en Irán

Un petrolero cruza el estrecho de Ormuz ante la mirada de una lancha con unos pocos tripulantes. / GIUSEPPE CACACE / AFP
Pocas veces la resolución de una gran crisis internacional se ha gestionado con las cuotas de improvisación e intoxicación informativa que se dan en la guerra de Irán. Mientras la república de los ayatolás multiplicaba las reacciones contradictorias a partir de la incautación por Estados Unidos de un carguero iraní en el estrecho de Ormuz, la Casa Blanca daba a entender que Islamabad acogerá hoy una nueva ronda de negociaciones pocas horas antes de que venza la tregua y, simultáneamente, Donald Trump recurría a nuevas amenazas, sin que haya forma de saber si forman parte de una arriesgada estrategia negociadora o, como tantas otras veces, pretenden enmascarar su incapacidad para hallar una salida del atolladero. A ambos lados de la divisoria prevalece la pretensión de llevar la tensión al límite, mientras cunde el desconcierto, repunta el precio del petróleo y vuelve la zozobra a las bolsas.
Hay pocas dudas de que en la interceptación el domingo del barco iraní concurrió la voluntad de marcar territorio y antes se dio otro tanto en la decisión de Teherán de bloquear el estrecho de Ormuz a poco de haber quedado abierto. Es obvio que la teocracia iraní no aceptará un desenlace momentáneo de la crisis si no logra una moratoria nuclear por debajo de los veinte años -propuesta de Estados Unidos- y alguna garantía de seguridad efectiva para sus instalaciones petrolíferas y el levantamiento de sanciones a medio plazo. No hay duda de que Israel hará cuanto esté en su mano para interferir en cualquier desenlace que considere arriesgado para su seguridad futura, aunque lo respalde Estados Unidos, deseoso y urgido Trump por zanjar la guerra antes de que erosione todavía más su campaña para las elecciones de noviembre.
Los instrumentos para conjurar la crisis están más en manos de Irán y de Israel, que de EEUU, con dificultades para imponer su voluntad
Se deduce de todo ello que los instrumentos para conjurar la crisis están más en manos de Irán y de Israel -la guerra del Líbano, en suspensión momentánea-, que de Estados Unidos, con dificultades ciertas para imponer su voluntad en la región, requerida además la Casa Blanca por sus aliados en la zona para que callen las armas y se reactive la marcha de los negocios. Porque, por más que Trump prevea una rápida recuperación de los mercados en cuanto llegue a un acuerdo con Irán, los vaticinios de los expertos son más sombríos: requieren el abaratamiento de la energía y el control de la inflación muchísimo más tiempo que la subida de ambos parámetros. Un escenario que se sumergiría en un clima de desconfianza acrecentada ante las incógnitas que plantearía una reanudación de las hostilidades si Irán opta por la diplomacia de la silla vacía.
La intermediación pakistaní tiene la cualidad de producirse en la vecindad del teatro de operaciones, pero carece asimismo de peso para sentar a las partes y defender un programa de mínimos que recoja lo esencial de las propuestas que llevan bajo el brazo J.D. Vance y los posibles negociadores iraníes. El hecho mismo de que a un día de que se extinga el alto el fuego todo esté a merced de la reacción imprevisible de unos y otros pone de manifiesto la fragilidad extrema del momento. Y, al mismo tiempo, subraya la necesidad de dar sin demora con la fórmula para evitar que una crisis de repercusión global degenere en una crisis crónica que siembre más muertes y desbarate aún más la economía mundial.
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