
Presidente del Comité Editorial de EL PERIÓDICO.
No a la guerra
Sánchez ha liderado el rechazo mundial al conflicto de Irán, con grandes costes humanos y económicos, pero en la cumbre había pocos gobiernos europeos
¿Qué han acordado Sánchez, Lula, Petro y Sheinbaum? Desde promover una reforma de la ONU a combatir la desinformación

Pedro Sánchez intervé en el ple de la Global Progressive Mobilisation al costat de Lula da Silva. | JORDI OTIX
El fin de semana Barcelona ha sido escenario de varias cumbres progresistas -aparte de la bilateral España-Brasil- que han protestado contra la guerra de Irán. Cuando ya llevamos semanas de conflicto y hemos visto tanto el terrible coste de los bombardeos sobre Irán y el sur del Líbano, así como el gran desorden económico mundial originado, caben pocas dudas que Sánchez acertó cuando, uno de los primeros, dijo que la guerra -pese al inadmisible fundamentalismo de los ayatolás- violaba el derecho internacional y solo generaría más inestabilidad.
Los países del Golfo, amigos de Estados Unidos, sufren una crisis existencial; el estrecho de Ormuz -por donde pasaba el 20% del petróleo y el gas natural que el mundo necesita- se ha cerrado, y ahora estamos en una frágil tregua que nadie sabe cómo acabará.
Las cumbres de Barcelona han sido oportunas. España y muchos otros países han levantado acta de que el mundo está contra la guerra. Y Sánchez ha logrado erigirse en uno de los líderes mundiales más significados, lo que le beneficiará en política interior, pues Vox está perdiendo fuerza por sus vínculos con un Trump cada día más incoherente y el PP peca de poca definición.
España y Barcelona ganan protagonismo cuando los presidentes de Brasil, México y Colombia vienen a favor de la paz. Pero España está en Europa y en el mundo atlántico. Y no hemos visto a Mark Carney, el primer ministro de Canadá, que en Davos plantó cara a Trump y propugna una alianza de potencias medianas, ni a ningún gobernante europeo de peso. Estaba, sí, el inteligente líder socialdemócrata sueco -en la oposición-, pero ni el laborista Starmer ni la primera ministra socialdemócrata de Dinamarca. ¿Puede España definir una política internacional progresista al margen de sus socios europeos?
Está bien pedir que nadie intervenga en Cuba, pero no silenciar que desde hace muchos años Cuba es una terrible dictadura y un gran fracaso económico. Está bien pedir que la UE suspenda su acuerdo de asociación con Israel, pero no para que sea un voto pío. Ni Francia, ni Alemania, ni Italia nos seguirán y nos quedaremos solos, con Irlanda y Eslovenia. Los grandes discursos de Albares -por mucha suficiencia que despidan- no mueven a las capitales europeas.
Sánchez debe ser aplaudido cuando dice que la guerra de Irán es inadmisible y un gran error, pero no podemos ser solitarios misioneros progresistas, junto -eso sí- a Lula y Petro. Mientras, Macron reunió el pasado fin de semana a 41 países -europeos y del Tercer Mundo- dispuestos a colaborar pacíficamente -no se sabe ni cómo ni cuándo- con la reapertura del estrecho de Ormuz. ¿Por qué no queremos estar ahí, con Francia, Alemania y muchos más?
La política de buenas intenciones debe ser aplaudida. Pero, ¿dónde estaba la 'realpolitik' progresista y efectiva en Barcelona? Quizás -nos guste o no- quien más esté trabajando por el fin de la guerra no sea Sánchez, ni Macron, sino Pakistán. Difícil mediar por la paz si antes se han volado los contactos.
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