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Opinión | CORTO Y AL PIE
Gemma Martínez

Gemma Martínez

Directora adjunta de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA

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Retrospectiva de Vox: menor apoyo electoral, pero clave en la agenda política

Viktor Orbáb y Santiago Abascal en febrero de este año en Madrid.

Viktor Orbáb y Santiago Abascal en febrero de este año en Madrid. / Sergio Pérez / EFE

España ha vivido en las últimas semanas una tentación comprensible: la de dar por amortizada a la extrema derecha. El retroceso de Vox en las encuestas y sus últimos resultados autonómicos —sin alcanzar el 20% de los votos en Castilla y León— alimentan una sensación de cambio de ciclo que se ha visto reforzada por la derrota de Viktor Orbán en Hungría. Sería, sin duda, una buena noticia. Pero conviene no precipitarse.

Porque los datos, leídos con calma, cuentan una historia menos tranquilizadora. En Castilla y León, el resultado de Vox fue más ajustado de lo que el relato triunfalista quiere admitir: el partido se quedó a pocos votos de alterar el reparto de escaños. Además, los de Abascal siguen teniendo capacidad de tensar el debate público y condicionar la agenda. Así lo demuestra el pacto para investir a María Guardiola presidenta de Extremadura, que introduce criterios de prioridad nacional en el acceso a ayudas y a la vivienda.

Algo similar ocurre en Hungría. La derrota de Orbán marca un punto de inflexión tras años de deriva autoritaria. Pero su sustituto, Péter Magyar, aunque proyecte una imagen más renovada y moderada, no ha surgido de la nada. Como reconoce una participante en la cumbre progresista de Barcelona, Magyar procede del mismo ecosistema político, comparte parte de los marcos de Orbán y conecta con un electorado que sigue ahí. Sería ingenuo pensar que un relevo personal es suficiente para cambiarlo todo.

Nada de esto niega que haya señales de contención. Las hay, y son relevantes. Indican que, con movilización, alternativas creíbles y liderazgo político, el avance de la extrema derecha puede frenarse. Pero justo por eso, el riesgo ahora es la complacencia. Las condiciones que han alimentado su crecimiento —desafección, desigualdad, inseguridad cultural— persisten. 

Por eso, más que celebrar un supuesto retroceso, quizá convenga preguntarse qué está funcionando allí donde la ultraderecha no avanza o incluso retrocede: qué políticas, qué discursos y qué alianzas logran contenerla. Responder a eso exige menos euforia y más análisis.

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