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Opinión | Estados Unidos
Ernest Folch

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Editor y periodista

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Trump fabrica antagonistas

El presidente americano impone una lógica de adhesión total que, a la larga, resulta insostenible para cualquier político europeo

Las 'cruzadas' de Trump ahondan el cisma entre Estados Unidos y el papa León XIV

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla con miembros de los medios de comunicación antes de abordar el helicóptero Marine One en el Jardín Sur de la White House, 16 de abril de 2026

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla con miembros de los medios de comunicación antes de abordar el helicóptero Marine One en el Jardín Sur de la White House, 16 de abril de 2026 / Mehmet Eser/ ZUMA

Donald Trump es conocido por su capacidad de insultar e intentar destruir reputaciones. La gracia es que se le da fatal. Es decir: se le da demasiado bien. Porque la cuestión es que cada vez que apunta con el dedo a alguien, ese alguien crece. Cada vez que estrecha la mano de un aliado, ese aliado empieza a encoger. Es una anomalía política sin precedentes: el líder más poderoso del mundo convertido, sin pretenderlo, en una fábrica de antagonistas.

Pedro Sánchez es el caso más espectacular. El presidente español ha encontrado en Trump su gran palanca política. Cada declaración hostil de Washington —los aranceles, los desaires diplomáticos, la condescendencia imperial— ha servido a Sánchez para construir un relato ganador: el de un país soberano y digno que no se doblega ante el neofascismo. Trump le ha regalado a Sánchez lo que nadie podía imaginar: un enemigo exterior de talla suficiente para hacer parecer pequeñas las batallas internas. Cuando Trump te señala, en buena parte de Europa y del mundo, eso ya es un aval. El Papa está experimentando algo parecido. El choque frontal entre el Vaticano y la Casa Blanca no solo no ha debilitado a la institución pontificia, sino que le ha devuelto una categoría moral que parecía no encontrar a la sombra de su gran antecesor Francisco. Cuando Trump veja al Papa, el Papa gana. El contraste funciona solo: frente al estrépito del poder bruto y de la violencia verbal, la voz serena gana adeptos.

Giorgia Meloni ha sido la última en llegar al preciado club de los antagonistas. Conquistó el poder con la música ideológica del trumpismo y durante meses fue con Orbán el rostro europeo del movimiento. Pero después de su derrota estrepitosa en el referéndum, cuando necesitó distanciarse para sobrevivir políticamente, lo hizo. Meloni ha aprendido la lección que, por ejemplo, Vox todavía no ha entendido: abrazarlo era útil hace un año, pero ahora se ha vuelto tóxico. La prueba es que Trump, de una tacada, ha perdido elecciones en Portugal, Hungría e Italia.

El presidente americano impone una lógica de adhesión total que, a la larga, resulta insostenible para cualquier político europeo, que necesariamente tiene que rendir cuentas con su electorado. Los que se acercan demasiado al sol de Trump acaban quemados por la radiación. Y los que resisten o se alejan acumulan una credibilidad que el propio Trump, sin quererlo, les certifica. Es la paradoja perfecta: cuanto más amenaza, más legitima.

Los estrategas de medio mundo llevan tiempo intentando entender cómo hacer frente al demonio americano. La respuesta puede estar en esto: capitalizar a Trump no requiere esfuerzo propio. Basta con aguantar, con no ceder y, en algunos casos, solamente con existir. El resto lo hace él. Quien lo ha entendido a la perfección es Xi Xinping, que ha visto que Trump, en realidad, se destruye solo. Por eso le dijo a Sánchez, con razón, que los dos están en el lado correcto de la historia. El de los que se oponen al fascismo y, paradójicamente, saben beneficiarse de él.

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