
Director de Información Económica de Prensa Ibérica.
¿Dictadura china? Qué más da
Al gigante asiático, la Unión Europea no sabe cómo tratarlo. Hay respeto, miedo e intereses al mismo tiempo. También, diferencia de opiniones
China y España se encuentran en “el lugar correcto de la historia” tras sus disensiones sobre Ucrania

11/04/2025 El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez (i) y el presidente de la República Popular China, Xi Jinping (d), llegan a un encuentro en la Casa de Huéspedes Nacional Diaoyutai, a 11 de abril de 2025, en Pekín (España). / FERNANDO CALVO / Europa Press
Una de las políticas de natalidad que aplicó el régimen comunista chino a partir de los años ochenta para controlar el aumento de la población fue prohibir que las parejas tuvieran más de un hijo. Las preferencias sociales hicieron que los fetos de sexo masculino fueran preferidos antes que los de sexo femenino, que se abortaban antes de nacer o, en otros casos, se daban en adopción para familias extranjeras en lo que eran largos y costosos procesos. Un trágico proceso de selección que el régimen comunista, a medida que iba viendo el desequilibrio demográfico, empezó a relajar. Según el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), en 2004 se alcanzó el pico: nacieron un 21,18% más de niños que de niñas.
El crecimiento imparable de China desde 1979 ha funcionado a costa de extraordinarias, incluso terribles, medidas sociales, económicas y políticas. Se han movido a poblaciones enteras para construir infraestructuras gigantescas y se han desarrollado metrópolis donde antes había aldeas de pescadores. Hay 72 ciudades con más de un millón de habitantes y cuatro con más de diez. El régimen de partido único y la tradición milenaria ha dejado China en manos de un mandarinato extraordinariamente bien preparado. En China mandan los ingenieros. Xi Jinping, el presidente más poderoso que ha tenido el país después de Mao, es químico. Nada se deja a la improvisación. Y cuando se toma una decisión es inapelable, indiscutible y rápida. Que esté bien calladito quien se oponga. ¿Derechos humanos? Siempre al servicio del partido y sus objetivos. ¿La toma de Taiwán? Al tiempo.
Todo eso no ha impedido que China haya atraído a grandes inversores internacionales dispuestos a sacar rédito de un país que decidió entrar, de lleno, en la sociedad de consumo. Empresas de todo el mundo, desde Apple hasta compañías de componentes de automóvil españolas, montaron allí sus fábricas. Ciudades como Shanghái se convertían en mecas inmobiliarias. China se consolidó como la fábrica del mundo. Empezó a exportar, generando desequilibrios comerciales que acabaron haciendo saltar los nervios de Estados Unidos. Junto a eso, China empezó a invertir en todo el mundo, empezando por los países en vías de desarrollo. Con discreción, su poder empresarial y económico se ha ido extendiendo como una mancha de aceite. Aquello que empezó como los todo a cien a los vehículos eléctricos que están revolucionando la tradicional industria del automóvil europea, japonesa y estadounidense.
La aparición de Donald Trump en el escenario internacional ha sido una bendición más para el comunismo chino, que no tiene reparos en ayudar a la Rusia de Putin o al Irán de los ayatolás para seguir ganando influencia. A China, la Unión Europea no sabe cómo tratarla. Hay respeto, miedo e intereses al mismo tiempo. También, diferencia de opiniones. Pedro Sánchez ha vuelto a China para adular al mandarinato comunista mientras en Barcelona reúne a líderes, llamados progresistas, para advertir sobre la derecha autoritaria. Hay dictaduras útiles y dictaduras inútiles. Como siempre.
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