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Periodista
Trump abre un frente contra el Papa

León XIV, en la plaza de San Pedro.
La insensata arremetida de Donald Trump contra el papa León XIV cierra -o abre, según se mire- un ciclo de malas noticias para la extrema derecha, enfrentada a una realidad inesperada: quizá ha tocado techo su escalada para desfigurar la cultura democrática. Pareció que la derrota inapelable de Viktor Orbán el último domingo fue el episodio definitivo de esa corrección de las tendencias políticas, pero al inicio de esta semana el presidente de Estados Unidos se prodigó en descalificaciones dirigidas al pontífice, se envolvió en el argumentario neopentecostal y el nacionalismo cristiano, recurrió a una versión apolillada de la religión para justificar la guerra de Irán y metió el debate ético en mitad de la batalla, en la campaña para las elecciones de noviembre próximo en Estados Unidos, en los análisis sobre la naturaleza autocrática de su presidencia caótica. De paso, puso a los aliados europeos en estado de alerta máxima, dejó sin armas argumentativas la prudencia desmesurada de Ursula von der Leyen frente a las bravuconadas de la Casa Blanca y aledaños y confirmó Trump su condición de gran activador de la movilización contra su prédica política.
La rotunda victoria del socialdemócrata António José Seguro en Portugal en febrero frente al ultra André Ventura dejó de ser un hecho aislado cuando en marzo la extrema derecha solo logró imponerse en las municipales de Francia en una gran ciudad, Niza, y el mismo día perdió Giorgia Meloni el referéndum para la reforma del poder judicial. Y el 12 abril se hundió con estrépito Fidesz en Hungría a pesar de la respiración asistida de última hora de J.D. Vance, que se fotografió en Budapest con Orbán: será un representante de la derecha civilizada el que le sustituya con mayoría absoluta, de vuelta el país al redil europeísta. Quizá nada o parte de todo esto hubiese sucedido sin la inestimable colaboración de Donald Trump, su error mayúsculo de desencadenar la guerra en Irán de la mano de Binyamin Netanyahu; subraya el cambio de tendencia la estúpida pretensión de desautorizar al Papa en un debate universal en el que un personaje amoral como él nada puede aportar.
Carece de sentido que el presidente invoque las muertes causadas por la dirigencia de los ayatolás en la última tanda de manifestaciones para aportar una justificación de naturaleza moral a la guerra habida cuenta de su pasividad y apoyo a Israel en la matanza de 70.000 palestinos en Gaza y en las operaciones en curso en Líbano. Es inconsistente presentar como tributarios o justificadores de la teocracia sanguinaria de Irán a quienes denuestan -son multitud- la guerra desencadenada por Trump en Oriente Próximo; carece de legitimidad para hacer tal cosa quien persigue sañudamente a los inmigrantes, moviliza a la Guardia Nacional en ciudades de su país que no le son afectas y se comporta con un sectarismo sin límite siempre que tiene ocasión. Tiene la Casa Blanca en el Papa a un adversario singular por estadounidense, por no levantar la voz más de lo debido y por no dramatizar el discurso de la decencia.
Aquí y allá surgen indicios de cierto desgaste de la extrema derecha en el asalto a las instituciones, del que la grosera algarada del diputado de Vox José María Sánchez García en el Congreso de los Diputados es solo una muestra reseñable de cuál es la brújula que guía los pasos del neofranquismo (si tal neo es posible). En Francia e Italia cabe detectar factores de corrección en la extrema derecha vista la reacción de la opinión pública ante la figura de Trump, ese aborrecible recurso a la ordinariez, a las mentiras encadenadas, al falseamiento de la realidad, rodeado de personajes de tan escasa solvencia como el secretario de Defensa, Pete Hegseth, o el dúo formado por Jared Kushner -yerno del presidente- y Steve Witkoff, presuntos negociadores de alternativas a la guerra, tan marcados por sus negocios inmobiliarios de futuro en la región. Emerge de todo ello una sensación de irresponsabilidad amenazante, de peligrosidad creciente del presidente y su coro de aduladores.
Vive Trump en la ignorancia y el desconocimiento de resortes emocionales fundamentales, instalado en una soberbia o narcisismo más allá de toda medida que le ha llevado a optar por el combate cuerpo a cuerpo con el Papa. A saber si él y su séquito son sabedores de un episodio de 1935, cuando Iósif Stalin le preguntó a Pierre Laval, ministro de Asuntos Exteriores de Francia, cuántas divisiones tenía el Papa para verse obligado a moderar su hostigamiento a los católicos rusos. Sin duda, fue una pregunta meramente retórica, pero fue también una demostración de que las varas convencionales para medir el poder político no valen cuando intervienen otros factores de orden emocional, vinculados a la tradición, a instrumentos educativos y de socialización milenarios (las tres religiones del libro lo son). No es el orbe católico una comunidad monolítica, pero es improbable que las baladronadas de Trump influyan de forma determinante en su cohesión, salvo en entornos recalcitrantemente conservadores, añorantes de un pasado lejano y finiquitado.
Algo sumamente mezquino alienta en los improperios de Trump y en la pretensión de Vance, católico, de que León XIV limite su cometido a los asuntos de moral, como si la guerra no obligase a plantear todas las preguntas de orden moral que imaginarse puedan. De hecho, la pretensión del vicepresidente de deslindar la moral de la guerra entraña una deshumanización de las víctimas, de los inocentes indefensos que perecen bajo las bombas por mero cálculo político, económico, de necesidad estratégica o hegemónica. En los comentarios despectivos de Trump dirigidos al Vaticano y en esa preocupante desconexión entre la moral y la guerra anida una creencia neoimperial -lo de neo, quizá un exceso-, tan apegada o cercana a la historia europea más reciente, tan devastadora para las sociedades que fueron sometidas por metrópolis poderosas en busca de recursos naturales baratos y negocios florecientes. Ciertos es, por lo demás, que ni tal cosa ha conseguido Trump con esa guerra ruinosa, ni siquiera cuando amenazó con extinguir una civilización entera, retrato último de la miseria moral que distingue al personaje más allá de cualquier otra consideración.
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