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Opinión | Prisiones
Sonia Andolz

Sonia Andolz

Profesora asociada de la Universitat de Barcelona

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El nuevo centro penitenciario de la Zona Franca, una apuesta por la reinserción

Mantener estructuras carcelarias rígidas resulta no solo ineficiente, sino contraproducente, porque haber pasado un tiempo largo en prisión conlleva un aislamiento de todo lo que implica la sociedad “libre”

Patio de uno de los módulos del futuro centro penitenciario abierto de Barcelona, en la Zona Franca

Patio de uno de los módulos del futuro centro penitenciario abierto de Barcelona, en la Zona Franca / Pol Solà / Pau Cortina / ACN

Barcelona inaugurará un nuevo centro penitenciario abierto en la Zona Franca. A primera vista, su diseño desconcierta: sin rejas, sin celdas, con habitaciones compartidas, colores vivos y ventanas a un patio.

Aunque puede parecer otro capricho del anterior Govern o del político de turno, en realidad es una apuesta por hacer real el modelo que nuestras leyes propugnan: el objetivo final de la justicia y las penas de prisión es la reinserción en la sociedad, y ésta no empieza al salir, sino durante el cumplimiento de la condena.

Durante décadas, el debate sobre los modelos de sistema penitenciario ha oscilado entre dos lógicas: punitivista o de reintegración. Por un lado, el sistema de reintegración es el que tienen países como Noruega o Suecia y que apuesta por centros abiertos, entornos normalizados y relaciones menos jerárquicas entre personal e internos. El objetivo no es “humanizar” la prisión, sino reducir la reincidencia a través de la responsabilidad, la autonomía y la preparación real para la vida en libertad. Aunque la evidencia demuestra que estos modelos generan mejores resultados, es cierto que se dan dentro de un contexto social diferente al nuestro, donde el comportamiento individual está muy determinado por las normas y el control social.

El nuevo centro de la Zona Franca se alinea con este modelo y concentrará a los internos que estén ya en la tercera fase de sus condenas: con salidas laborales y un vínculo creciente con el exterior. En estas situaciones, mantener estructuras carcelarias rígidas resulta no solo ineficiente, sino contraproducente, porque haber pasado un tiempo largo en prisión conlleva un aislamiento de todo lo que implica la sociedad “libre”. La transición a la libertad requiere entornos que reproduzcan, en la medida de lo posible, las condiciones de la vida en sociedad.

Este proyecto también incorpora elementos controvertidos: se substituyen las llaves por sistemas de reconocimiento facial y control biométrico. Aunque mejoran la gestión y la seguridad operativa, generan contradicción con un modelo que busca construir confianza y privacidad. La tecnología no es neutra y debe ir acompañada de un análisis crítico constante que anteponga los derechos.

En paralelo, el proyecto incluye un nuevo centro penitenciario de mujeres en la misma zona, con módulos que permiten la convivencia familiar. Tradicionalmente, el sistema penitenciario se ha diseñado por y para hombres, relegando las necesidades específicas de las mujeres a soluciones residuales. Incorporar espacios que contemplen la maternidad corrige el sesgo estructural histórico y evita que la pena implique la ruptura irreversible de vínculos familiares.

La apuesta de Barcelona señala una dirección clara: el modelo penitenciario más eficaz no es el más punitivo, sino el que reduce la reincidencia y facilita el retorno a la sociedad. Y eso exige, además de infraestructuras distintas, una concepción distinta de la propia pena.

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