La fe de Arcadi

Ccentenares de banderas españolas en las gradas del RCDE Stadium en el amistoso entre España y Egipto / JORDI COTRINA / EPC
Arcadi suele levantar ampollas entre los creyentes. Estas reacciones le producen un inmenso placer. Le hacen sentir el rock’n roll de su pasada juventud contestataria. Es más, le hacen presentir que su profunda aversión a los creyentes coincide con una sobrenatural vocación democrática; pues, con su burla, habría venido a salvarnos de nuestros engaños.
Por eso, al hilo del cántico «musulmán el que no bote» del partido contra Egipto, imbuido en su misión trascendente, nuestro querido sátiro no pierde la oportunidad de buscarle las cosquillas a todas las religiones: «La burla de la religión es legítima, perfectamente razonable y a mi juicio necesaria. Las farsas conviene desvelarlas y la burla es un procedimiento adecuado […] El poder burlarse, incluso de sí mismos y de cualquiera de sus creencias, está entre los derechos que los musulmanes adquieren al empezar a vivir en una comunidad que se ha liberado de la teocracia».
Siento no poder divertirle con mi indignación, porque no puedo estar más de acuerdo. Aún más: quisiera agradecerle su paradójica constancia religiosa en su esfuerzo frente a las religiones.
Es verdad, que esta es la primera vez que desenmascara su actitud. Suele disfrazar de crítica racional lo que no es más que esto: una burla en la que la grandilocuencia racionalista no es más que la patética puesta en escena para la chanza. Tan conseguida está en ocasiones la colorida vestimenta de la bufonada que algunos llegan a tomarle en serio.
Pero su fullería es la misma de siempre: selecciona cuidadosamente un defecto de algún grupo de creyentes y lo absolutiza hasta el ridículo, como si toda religión se concentrase aquel fallo descubierto. En ese sentido, Arcadi propiamente no critica la religión; de hecho, diría que nunca se ha encarado realmente con ella. Más bien se mofa de los ídolos, de las desviaciones que produce la imperfección humana en las vidas de los creyentes. En esto, como decía, Arcadi presta un servicio de limpieza a la religión que debemos agradecer.
Su problema viene cuando disfruta tanto que pierde de vista el chiste y cree en su broma. Con ello, cae en la misma actitud que ridiculiza; como le ocurre al payaso que llega a tomar en serio su juguete en llamas.
Olvida Arcadi su propio derecho (y deber) de burlarse de sí mismo y criticar su propia religiosidad atea. Si ha tachado de rotunda falsedad la religión es porque considera que los creyentes «se saben elegidos por haber solucionado el asunto no menor de la desdichada fugacidad de la vida».
Esto último constituye la idolatría de la que merece la pena reírse con él: los creyentes no debemos dejar de sentir la contingencia de nuestras vidas, porque la fe no es un salvoconducto de certezas; sino, precisamente, el constante posicionamiento de la vida donde esta provoca vértigo: la fe en Dios nace de la humillación de quien sabe que no puede resolver el enigmático sentido de la existencia, ni siquiera para negarlo. Desde el punto de vista humano, la fe no es respuesta; sino pregunta vertiginosamente abierta. La fe no es posesión cerrada de la verdad, sino mano extendida.
Y sólo puede llamar falsa a la religión quien se cree en posesión de la verdad cuando resuelve todo en el sinsentido; quien cierra la mano en un puño que alza contra el cielo. El ateísmo llega a ser la creencia religiosa, en la que la incapacidad humana para resolver su sentido se erige en la única verdad posible. Su intolerancia hace del absurdo la obligatoria medida de todas las cosas.
Pero nos hemos ganado el derecho a burlarnos del ateísmo como sociedad que ha dejado de ser también ateocrática. En esto quizá deba consistir la vuelta religiosa. Pues, por decirlo a la manera de Arcadi, el ateísmo militante no deja de ser un eructo de la tenebrosa idolatría de la ilustración. A estas alturas de la historia, debemos sacudirnos la caspa racionalista para reconocer, como dijo Hugo von Hofmannstahl, que el antropocentrismo no es más que la forma más irrisible de chovinismo.
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