
Catedrático emérito de derecho civil. Universitat Pompeu Fabra
Elogio del inmigrante
Si los beneficios de la inmigración son tendencialmente globales, los más de sus costes se concentran en estratos concretos de población
El 40% de los catalanes creen que "más de la mitad" de la población es extranjera (cuando la cifra real es el 25%)

Madrid. 18.11.2025. Inmigrantes esperan cola en la Oficina de Extranjería de la calle Pradillo de Madrid para realizar diferentes trámites / José Luis Roca / EPC
Más de cuarenta futbolistas nacidos fuera de España han sido internacionales con la selección española, desde Ladislao Kubala y Alfredo Di Stéfano hasta Ansu Fati. Alaska, artista infinitamente polifacética, es mexicana de origen. Héctor Grisi, consejero delegado de Santander, también lo es. El empresario Isak Andic, creador de Mango y tristemente fallecido, había nacido en Estambul. España es el sexto país del mundo por número de inmigrantes, cerca de nueve millones (Migration Policy Institute, datos de 2024). Nos hacen mejores y rejuvenecen a la población, que no es poco. En el mundo habrá unos trescientos millones de personas inmigradas.
Con el tiempo, muchos inmigrantes adquieren la nacionalidad española, incorporándose con plenitud de derechos a nuestro país. Así, en Catalunya, de sus ya más de ocho millones de habitantes, algo menos del 20% es extranjero, pero algo más del 26% ha nacido fuera de España, un país en el cual la provincia con menos porcentaje de población de origen extranjero es Jaén, y la que más, Alicante. En términos absolutos, Madrid y Barcelona encabezan la estadística, con un millón de extranjeros de origen cada una.
Sin embargo, si la inmigración genera beneficios globales, también tiene costes: algo así como el 10% de la población española nació en el extranjero, pero son casi el 30% de la población reclusa. Ahora bien, no están en la cárcel por ser extranjeros, sino porque muchos de ellos, situados en los márgenes de la sociedad, han cometido delitos tipificados por el Código Penal.
Somos un país acogedor, aunque no tanto como Canadá, Islandia, Nueva Zelanda o Australia, los cuales nos superan en actitudes hacia la población inmigrada, pero ninguno más lo hace (Gallup Migrant Acceptance Index). En número de inmigrantes, el primer país receptor del mundo son los Estados Unidos de América, seguidos de Alemania, Arabia Saudita, Reino Unido y Francia. Luego, nosotros.
Ahora bien, si los beneficios de la inmigración son tendencialmente globales, los más de sus costes se concentran en estratos concretos de población. Cualquier familia de la clase media encuentra en la inmigración asistencia doméstica eficiente y amable. Mas de nuevo y manifiestamente, los principales perjudicados son los pobres, pues la mayor parte de los inmigrantes también lo son y compiten con los autóctonos por los trabajos más sencillos, con la consecuencia de que los salarios bajan. Otro punto de fricción es el mercado de la vivienda, el cual se puede cambiar en décadas, pero no de un año para otro y aquí los más perjudicados suelen ser los jóvenes que ansían emanciparse, para vivir su vida y no tienen dónde conseguirlo a un precio razonable. Las medidas de los gobiernos para afrontar este problema son tan bien intencionadas como contraproducentes, pues retraen la oferta: si usted tiene un piso para alquilar y el gobierno le dice que no podrá desahuciar al inquilino vulnerable que no pudo pagar la renta, posiblemente preferirá vender en lugar de alquilar. Otros puntos de fricción se producen en los sistemas de seguridad social, salud y escolar. Así, si las escuelas públicas concentran a la mayor parte de los hijos de los inmigrantes, bastantes padres de familia locales preferirán escuelas concertadas o privadas.
Por último, la inmigración no es previsible al 100%: hay oleadas inmigratorias causadas por guerras y revoluciones, como ocurrió en Siria en 2015, o en Sudán y Ucrania hoy. La presión súbita de docenas de miles de personas en nuestras fronteras disloca muchas políticas pensadas para flujos regulares de inmigración. Angela Merkel asombró al mundo cuando abrió las fronteras alemanas a un millón de refugiados, mayormente sirios, que huían de la guerra. Pero también provocó el auge de movimientos políticos de derecha radical, populistas y contrarios a la inmigración. Sin embargo, no hay ningún motivo para dejar a los extremistas de derechas el monopolio de las propuestas políticas de ordenar la inmigración. Los partidos políticos de países escandinavos, por ejemplo, han patrocinado propuestas regulatorias a veces duras, pero no intransigentes.
Como Grisi, Alaska o Andic, quienes no habían nacido en España, Serguéi Brin, cofundador de Google, era de origen ruso, y Elon Musk, impulsor de Tesla, Space X y Neuralink, había nacido en Sudáfrica. Y es que es mejor ser un país de inmigrantes que otro de emigrantes.
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