
Escritor y periodista.
El piso con gato
Es como si el poso de la corrupción hubiese acabado con los penúltimos vestigios morales de las clases medias españolas
Juicio a Ábalos, Koldo y Aldama, hoy en directo | Declaraciones (tercera jornada) en el Tribunal Supremo y última hora del caso mascarillas

MADRID, 07/03/2026.- El exministro José Luis Ábalos en el banquillo de los acusados este martes en el primer día del juicio contra él, contra su exasesor Koldo García y contra el empresario Víctor de Aldama en el Tribunal Supremo por el caso de las mascarillas, una presunta trama de corrupción para lucrarse con material sanitario durante la pandemia. EFE/J.J. Guillén POOL. POOL / J.J. Guillén / EFE
Después de la Semana Santa vino la semana de los tacos de billetes. Ha regresado el eco del discurso de Ábalos en la moción de censura contra Rajoy en 2018, con más reiteraciones que el bolero de Ravel. Ahora, con el alud anecdótico del juicio por las mascarillas en el Supremo, ha emergido como una vieja ballena loca toda la osamenta de una vulgaridad apabullante. Es como si el poso de la corrupción hubiese acabado con los penúltimos vestigios morales de las clases medias españolas, tan esquilmadas por la bulimia recaudatoria del Estado. Da una cierta sensación de ruptura y discontinuidad. Quizás todo comenzó en aquel 'tour' automovilístico de 2017, cuando Pedro Sánchez, Ábalos, Cerdán y Koldo fueron a por todas en el PSOE.
Así es que Ábalos parece el padre de la patria que se sienta en el banquillo de los acusados como el mesonero a la espera de los invitados al festín de la manada. Aparecen uno tras otro y cuesta saber cuál es el más listo o quien está mejor conectado con la zona umbilical de Ferraz. El 'cásting' de lo que está pasando es para premio en un festival de cine con monstruos, 'freakies' y muchachas amorosas, alojadas en un piso con gato en la plaza de España.
Al ciudadano al que tampoco satisface la relación coste-servicios públicos más va a cabrearle, después del momento de recochineo, la indecencia delictiva del caso mascarillas mientras los ministros de Pedro Sánchez hablan monótonamente de trasparencia y tolerancia cero. Así se contagia la desafección. Esa ciudadanía intuye, instintivamente, que el lenguaje público es poco creíble, que hace falta regeneración y ejemplaridad frente a la corrupción, pero ¿con quién y cómo?
Vuelve la idea de que todos los políticos son iguales. Es la antipolítica: da a creer que el ciudadano es un actor minúsculo atrapado entre los engranajes de las maquinarias implacables de los partidos, ignorado por los legisladores y ninguneado por un Estado. Paquidérmico. Solo en parte es así. Entre el individuo y el Estado está la sociedad. La articulación de la sociedad civil es determinante para que dejen de pasar algunas de las cosas que pasan.
A pesar de todo, e incluso con alguien como Trump en la Casa Blanca, las sociedades abiertas renuevan sus sistemas de refrigeración. Por un lado, se dan factores erosivos que fragilizan los modos democráticos; de otro, podemos buscar formas innovadoras que aireen las estancias de una vida pública que huele mal. Hay sinvergüenzas, ladrones, políticos demasiado hábiles y políticos demasiado débiles. Parecería que una coalición imparable de todos esos componentes se ha impuesto. Por eso hacen falta políticos que crean en algo. Si a los políticos no se les ve creyendo en lo que hacen, en el bien común, ¿cómo requerir que una sociedad crea en sí misma?
A veces la tentación vive en casa, en un piso de la plaza de España. “Oye, amor. Córtale las uñas al canario”. Al final los contribuyentes pagan ese piso. Al pie de la jaula del canario, el gato ya se relame porque sabe que en el mesón de la manada siempre hay premio para depredadores y parásitos.
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