
Periodista y escritor
El peor de los mundos
Trump es el nombre propio de los hechos y de las conversaciones. Despiadado en sus juicios y en sus decisiones, tiene alrededor a ayudantes que se ríen de sus gracias
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Esto que está sucediendo es más grave que una guerra sola, es una guerra universal que ahora ya no se disfraza de miedo porque convive la misma la instalación del miedo. Es una nube negra que pasa. Aunque tú creas que no eres parte de lo que pasa. Aunque te tapes los ojos llenos del miedo de los niños, este ya es el miedo universal. Lo disimulas en las tertulias mientras viene la noche con su miedo, y el miedo ya es la parte completa de la vida. Te espera de noche y por el día, esa es la gracia sin piedad de lo que quiere hacer con nosotros el dueño de la carcajada que no tiene remedio.
Ocurre ahora y tiene su raíz inabarcable en un lugar concreto, Estados Unidos, donde hay universidades, hospitales, enfermedades y gritos, donde el mundo sufre como nosotros, pero de donde parte lo peor de lo que ahora es allí centro y peligro: la raíz del mal organizado por un hombre al que asiste gente suya y apoyos despiadados que le vienen de todas partes. Los que le hacen la corte, esos son sus seguidores, y tienen armas y las exhiben, y a veces rezan y son rezados por los que conviven con él, riéndose. Son soñadores del mal, seguros de que este ciclo sin fin de miedo no les va a tocar porque ellos viven en la parte mejor de las canalladas: destruir por destruir. Ahí vienen con su risa, los ves llegar a veces como políticos o como ladrones, su risa es el fin del mundo.
Por tanto, lo que sucede afecta a la humanidad, a todas las edades de la humanidad. Es una guerra mundial. De hecho, esta última noche de la guerra (la noche española del miércoles, las noches de todas partes) fue como un aluvión de hechos que parecían organizados para ser filmados con una voz en 'off' que tuviera dentro la calidad extraña de la maldad: nadie sabe cómo comienza o cómo cesa la batalla.
El hombre que la organiza, que se llama Donald Trump, no sabe tampoco cómo va a terminar su jolgorio, pues depende de la gracieta que se le ha ocurrido antes de darle a la manivela que ha elegido para asustar a aquellos que no son de los suyos, ni de sus colores. Seres humanos de todo el mundo, de las noches y de los días de cada sitio del mundo, esperaban que, de pronto, se hiciera la noche cerrada en todas partes porque alguien agarrara una botella de maldad para acabar con la historia, es decir, para destrozar el porvenir de la vida, que incluye también la vida de los niños.
Trump es el nombre propio de los hechos y de las conversaciones. Despiadado en sus juicios y en sus decisiones, tiene alrededor a ayudantes que se ríen de sus gracias, a la vez que le preparan los guisos despiadados de sus ambiciones. Quiere ser el eje del mundo, y para ello convoca a Dios, a cualquier dios, para parecerse al que mande en el infinito. Mujeres y hombres de sus iglesias están ahora a su favor, aunque por fortuna el papa católico, que es por cierto de raíz canaria y es también norteamericano, ya le ha advertido de que no se juega con la vida ni se le desea al otro, entre risas, la muerte.
Hay niños que no están en la guerra, pero que son aviesamente asesinados, por error o adrede, simplemente porque han sido elegidos por quienes crean el miedo como una forma primitiva de la preparación del asesinato. Luego, el hombre que manda, el que manda matar, busca fiestas y distracciones que lo alivien del posible, e improbable, arrepentimiento.
Malos tiempos, sin lírica alguna, con fiestas que esconden detrás de la risa el llanto o la horrible risa del que manda matar. La imagen de aquellos escolares que sufrieron lo que Trump y los suyos quisieron pasar por alto, como un accidente ajeno, fue como el principio del presente escalofrío. Estos días de abril han acogido bulos y hechos que han tenido en su seno la evidencia de que quien manda en este momento en Estados Unidos quiere burlarse del mundo entero.
Ahora se ha puesto este hombre, Donald Trump, una tregua. Mientras tanto, mientras parece que hay una tregua, el cielo celebra la luna y el mundo sigue asustado.
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