Opinión

Periodista
La levedad
Dedicar dos horas al placer visual y sensorial de una buena película, salir a la calle con el sol de mediodía en la cara y caminar sin rumbo fijo es el mínimo tipo de levedad que nos merecemos
Crítica de 'La Grazia': el cautivador elogio de Paolo Sorrentino a la buena política

Fotograma de 'La Grazia' / EPC
Hay que celebrar que en Barcelona haya un cine como los Verdi que, además de programar películas con acierto, aún mantiene las sesiones matinales. En esas salas, a esas horas, somos pocos y casi siempre solos. El martes vi con cuatro desconocidos situados a diferentes coordenadas de mi privilegiada posición central de fila y número, La Grazia, con mayúscula, de Paolo Sorrentino. Lo desconcertante del cine matutino es el rayo de sol en la frente que te encuentras al salir, con el día ya al ritmo de mediodía, cuando tú necesitas caminar a la deriva, sin rumbo fijo, mientras saboreas un poco lo que has visto.
En La Grazia ves y sientes mucho, como casi siempre con Sorrentino. En esta, el presidente de la república italiana se encuentra al final de su carrera política, y debe decidir si firma la ley de eutanasia y dos indultos. La ley va contra sus convicciones morales, pero su cargo le exige otra cosa. ¿Debe obedecer a su conciencia o al papel institucional que representa? La vida, cuando se vuelve interesante, es cuando las respuestas fáciles dejan de servir.
Sorrentino no filma la decisión como un conflicto jurídico sino como una cuestión casi filosófica y subraya la belleza de la duda, algo casi subversivo hoy. En un mundo que se mueve cada vez más deprisa, la duda es un cuerpo estático. Tiempo para discernir. ¿A quién pertenecen nuestros días?
Hay otro polo de opuestos en la película: la gravedad y la ligereza. El presidente, viejo y cansado, anhela dos cosas: soñar y sentirse libre de cargas, casi poder levitar. ¿Cuál de las dos es el signo positivo? ¿El peso de saber que cada gesto importa o la ligereza de entender que todo es efímero? La vida puede volverse insoportable, pero si nada pesa, todo se vuelve banal.
Al salir del cine paseé durante un rato entre gente que iba con prisa. Cuando trabajas en horarios al revés que la mayoría vives como en otra dimensión y siempre te sientes un poco sospechoso, como si estuvieras faltando a algo. Por lo menos harás deporte y te cuidarás, te dices, te dicen, porque el tiempo parece que hay que convertirlo en algo.
Dudar y pasear es algo no mejora ninguna marca personal ni cuenta como inversión de futuro. Dedicar dos horas al placer visual y sensorial de una buena película, salir a la calle con el sol de mediodía en la cara y caminar sin rumbo fijo es el mínimo tipo de levedad que nos merecemos.
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