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Opinión | Geopolítica
Josep Borrell

Josep Borrell

Presidente del Cidob

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Paz y guerra

Estamos en el inicio de una nueva etapa en la historia de Europa, en la que se decidirá si se convierte en un verdadero actor geopolítico o en el espectador de la fragmentación de un mundo cada vez más conformacional

¿Qué sería la OTAN sin Estados Unidos? Las previsibles consecuencias de las amenazas de Trump

El presidente norteamericano, Donald Trump, observa al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, durante una intervención en la cumbre de La Haya, en junio de 2025.

El presidente norteamericano, Donald Trump, observa al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, durante una intervención en la cumbre de La Haya, en junio de 2025. / OTAN DPA

Este sábado se celebra en Barcelona un encuentro sobre la paz y la guerra, organizado por el Centro de Información y Documentación de Barcelona (CIDOB). Hace muchos años que se hace, pero no tenía, desgraciadamente, tanta actualidad.

En efecto, la violencia se utiliza cada vez más para la resolución de los conflictos. Hay muchos el mundo, pero los que más resuenan son los de Ucrania y Palestina, no solo en Gaza. Y el ataque lanzado por los Estados Unidos e Israel contra Irán, que no voy a tratar porque sobre el fracaso militar y político de Trump y de sus graves consecuencias sobre todos ya está casi todo dicho. Pero hay otros no menos mortíferos, como la guerra civil en Sudán, que no consiguen ni una humilde noticia a pie de página.

Primero fue Putin, y ahora es Trump el que está sacudiendo profundamente al mundo, tanto desde el punto de vista político como el económico. Y todo parece indicar que el “mundo occidental”, entendido como una unidad ideológica en torno a la democracia y la economía de mercado bajo la hegemonía militar de Estados Unidos, ha dejado de existir.

Más allá del comercio, donde más se nota esta ruptura es en la seguridad y la defensa. Washington ya no garantiza el apoyo militar y estratégico a Europa, amenaza con anexionarse Groenlandia y pone en cuestión la OTAN, y la califica de ”tigre de papel”, lo que debe hacer las delicias de Moscú .

No será fácil que Trump pueda abandonar la OTAN, para eso necesitaría dos tercios del Congreso americano y eso no es previsible que ocurra. Pero podría vaciarla de contenido retirando sus tropas y bases militares, fundamentales para la defensa europea. Las dependencias con Estados Unidos son tan grandes que, a corto plazo, es difícil que podamos asegurar con nuestras propias fuerzas la defensa territorial de Europa. Aunque sumando los gastos militares de los 27 cuadriplicamos el de la Rusia de antes del ataque a Ucrania.

La defensa en Europa se ve afectada por culturas estratégicas diversas, industrias fragmentadas, gastos militares desiguales y por diferentes formas de entender las amenazas. Además, la Unión Europa fue pensada para construir la paz entre los europeos y tiene muchas carencias institucionales para poder ser un actor que se enfrente a un mundo de amenazas e inestabilidades crecientes, desde Rusia hasta Oriente Próximo, Venezuela o el Sahel.

Necesitaría poder actuar en el ámbito de la defensa con capacidades y la determinación que solo nos daría eso que llamamos la independencia estratégica, eliminando vulnerabilidades y dependencias. Pero ello requeriría avanzar en la unión política.

¿Quieren los europeos hacer el esfuerzo económico y político que implica dejar de ser un protectorado militar de Estados Unidos? Eso sería la tarea de una generación

¿Qué capacidades debería tener para asegurar una respuesta creíble y rápida ante las amenazas? ¿Debe seguir siendo la OTAN el principal marco de defensa de Europa, aunque Estados Unidos juegue ahora otro papel? Y si quisiéramos construir un sistema de defensa común europeo, ¿con que países y con que líderes políticos se podría contar realmente para hacerlo?

¿Quieren los europeos hacer el esfuerzo económico y político que implica dejar de ser un protectorado militar de Estados Unidos? Eso sería la tarea de una generación. Y requiere de un compromiso político y cultural que no se va a alcanzar, a la vez, con los 27 estados miembros de la Unión Europea.

Estamos en el inicio de una nueva etapa en la historia de Europa, en la que se decidirá si se convierte en un verdadero actor geopolítico o en el espectador de la fragmentación de un mundo cada vez más conformacional, dónde la potencia militar se usa para condicionar los comportamientos, incluso los de supuestamente amigos y aliados.

Deberíamos, entre otras cosas, superar los traumas históricos que marcan nuestra relación con EEUU e Israel. Los EEUU salvaron a Europa dos veces, en particular en la II Guerra Mundial frente a los regímenes fascistas. La culpabilidad por el Holocausto del pueblo judío sigue pesando en las conciencias. Estos traumas son menores en el caso de España, pero condicionan nuestra política internacional y nos quitan objetividad al juzgar los comportamientos de unos y de otros.

El problema que se plantea no es solo militar o financiero. Es existencial, de naturaleza política y cultural y necesita un profundo debate democrático en todas las sociedades europeas.

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