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Opinión | Abusos
Sílvia Cóppulo

Sílvia Cóppulo

Periodista y psicóloga.

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Cuna de dolor

¿Qué ocurre en la cabeza y en el corazón de aquellos adultos que maltratan ferozmente a su criatura?

"El padre le tapaba la boca cuando lloraba y sacudía la cama de forma brutal": el testimonio de la mujer que alertó del maltrato al bebé de Vall d'Hebron

Enfermera en la UCI pediátrica del Hospital Vall d'Hebron

Enfermera en la UCI pediátrica del Hospital Vall d'Hebron / ARIADNA CREUS

Incredulidad, escalofrío, vómito. No entendemos la crueldad sobre un bebé de un mes, con malos tratos físicos y abuso sexual por parte –presuntamente– de los progenitores. Ni tampoco porque a la criatura la habían visitado en varios centros médicos antes de que alguien lanzara un grito de alerta. Y entonces nos subleva querer profundizar en las causas de lo que aparece como inhumano y despiadado. Pero si no nos acercamos al porqué, no podremos prevenir nuevas atrocidades. Respiremos. ¿Qué ocurre en la cabeza y en el corazón de aquellos adultos que maltratan ferozmente a su criatura?

La literatura científica nos proporciona datos brutales. Los bebés son las personas más vulnerables a los malos tratos, ya que dependen totalmente de los cuidadores y no pueden expresar su dolor, no hablan. Se maltrata a uno de cada veinte niños menores de dos años; es decir, un 5%; severamente, según la OMS.

Todos sabemos que los bebés lloran y es necesario tener paciencia. Pero existen personas con dificultades crónicas para regular su rabia o frustración. Cuando se llega a un estado de desbordamiento intenso, el cerebro experimenta cambios importantes por una hiperactivación de la amígdala -cerebro emocional- y por la inhibición de la corteza prefrontal -que controla los impulsos. Aparecen pensamientos irracionales: "no puedo más", "eso no debe pasar", y se puede reaccionar agresivamente. Si el estrés es altísimo, con mucho agotamiento mental, el juicio mental se deteriora y las respuestas pueden ser desproporcionadas. El cerebro, temporalmente, no mide bien la reacción ni el daño causado. Haber crecido en entornos violentos o traumáticos favorece también que se reproduzcan patrones agresivos. Y todavía podríamos añadir posibles trastornos mentales, abuso de sustancias... hay un montón de factores posibles, que habitualmente interactúan detrás de la barbarie.

¿Y la madre? Nos cuesta creer que una enfermera haya tolerado estos malos tratos sobre su propio hijo, tan deseado, que se concibió 'in vitro'. ¿Qué sabemos de estos casos?

En dinámicas familiares de poder, si hay un miembro de la pareja agresivo, -habitualmente el padre- el otro -la madre- puede tener miedo a empeorar la situación y bloquearse. Puede sentirse atrapada. Desregulada emocionalmente, puede minimizar lo que ocurre. Creerse que él no quiere hacerlo, o que ella controlará la situación. Paralizada, llega a tolerar lo intolerable. Las madres que no intervienen en los malos tratos de sus hijos habitualmente son también víctimas, no cómplices.

¿Por qué los médicos no habían detectado los malos tratos? Sabemos que los bebés no se explican, que las lesiones pueden parecer accidentes o enfermedades, que los padres pueden dar explicaciones falsas pero convincentes, que cuesta sospechar de los progenitores y, por último, que los sanitarios temen equivocarse injustamente. Veremos.

Nada de todo ello justifica la violencia. Esta criatura merece ser acunada con amor. Me cuesta admitir que también debe tratarse a quienes le han infringido tanto daño. Al menos, para que nunca puedan repetir lo que han hecho.

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