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Periodista
La guerra de Irán erosiona la imagen de Trump

Un altar en honor del líder supremo Alí Jameneí con motivo de los 40 días del luto chií, el miércoles en Teherán. / Jaime Leon / EFE
Resulta muy difícil aquilatar hasta qué punto el alto el fuego en la guerra de Irán tiene la consistencia necesaria para procurar un desenlace no apocalíptico de la crisis o bien, como en el rugby, es poco más que una patada a seguir con todas las dudas imaginables sobre cómo puede acabar la jugada. Todo es posible cuando los gestores del futuro son tan poco previsibles como los ayatolás, que se sienten vencedores de la afrenta, y la Casa Blanca y su entorno, urgido Donald Trump a salir del avispero para encarar las elecciones de noviembre con margen para la victoria. Cuarenta días de guerra han demostrado a la dirigencia iraní que su gran arma de ataque y defensa al mismo tiempo es el estrecho de Ormuz, tan esencial para la economía global; cuarenta días de bravuconadas han llevado a Estados Unidos a una tregua sin que el presidente haya obtenido nada de lo que perseguía, como subraya con tino una analista de The Atlantic.
El comportamiento amoral de Donald Trump al amenazar con aniquilar una civilización -un crimen de guerra- y el lenguaje despreciativo con el derecho internacional exhibido por el secretario de Defensa, Pete Hegseth, a propósito de la Cuarta Convención de Ginebra -“estúpidas reglas de combate”- hace sumamente imprevisible saber cómo orientarán ambos las negociaciones de Islamabad con los enviados de Teherán, ajenos asimismo a cualquier compromiso ético. Planea sobre el escenario lo que Leila Guerreiro llama en una de sus columnas en El País “la sustancia de la que está hecha la barbarie”, referida esta a la instauración y eventual aplicación para la población palestina de la pena de muerte en Israel. Una barbarie que, en el caso del ultimátum a Irán que vencía el martes, siguió paso a paso, con reprobable frivolidad, las reglas básicas de los reality show: llevar al límite los riesgos para sacar finalmente un conejo de la chistera (el plan de diez puntos).
La realidad es que se han disparado las alarmas en el Partido Republicano por los índices de aceptación de Donald Trump -entre el 35% y el 40%-, una división y descontento cada vez mayores en las hasta fecha reciente prietas filas de MAGA, una escalada de los precios de la energía -el galón de gasolina, por encima de los cuatro dólares- y una movilización contra las políticas presidenciales que hace unas semanas reunió a nueve millones de personas en 3.000 manifestaciones. El silencio que guardan algunos de los cuadros republicanos más influyentes en los estados no deben inducir a error: la media de las encuestas dan ahora mismo perdedor al partido en la convocatoria de noviembre (renovación completa de la Cámara de Representantes y de un tercio del Senado). No es desdeñable el precedente de las elecciones locales y estatales del año pasado, con derrotas reseñables de candidatos apoyados por Trump; resulta más difícil calibrar la influencia de la guerra -el 75% de los estadounidenses está en contra- si el conflicto no es más que un recuerdo el día de las votaciones.
Se asienta cada vez con más fundamento en los análisis demoscópicos la convicción de que Donald Trump se entregará a algún juego de manos poselectoral si el escrutinio le es adverso y pierde la mayoría en una o en las dos cámaras del Congreso. Es por lo menos inquietante el recuerdo de la reacción del presidente cuando perdió ante Joe Biden: nunca aceptó la derrota e indujo el asalto al Congreso del 6 de enero de 2021, un espectáculo que en cualquier otro ámbito se habría interpretado como un intento de golpe de Estado. La Casa Blanca tiene a su entera disposición el ICE -los perseguidores de migrantes-, la Guardia Nacional y otros resortes intimidatorios para convertir la comparecencia en las urnas en una operación de riesgo, pero en una sociedad partida en dos como la estadounidense nadie es capaz de aventurar cuál puede ser la reacción de la opinión pública, del mundo liberal, del Partido Demócrata y de una parte minoritaria, pero sustantiva del Republicano -el conservadurismo clásico- si a Trump se le va la mano. En cualquier caso, todo es muy preocupante y excepcional.
Al otear el horizonte a partir del alto el fuego, estos y otros fantasmas cobran vida. Un día de la primavera de 2019, un reputado profesor de la Universidad de Harvard subrayó en una charla informal la incomodidad manifiesta de ilustres militares ante la cercanía de Donald Trump con Vladimir Putin. Recordaba que después de decenios de rivalidad, primero con la URSS, después con Rusia, había cambiado el presidente las reglas del juego y puesto en duda las más asentadas convicciones de los uniformados. La destitución de tres generales por Pete Hegseth en mitad de la guerra de Irán abunda en tal desorientación o sorpresa: se trata de profesionales de prestigio, pero que no formaron parte de la legión de aduladores convocados por la Administración para ejercer de simples ratificadores o exaltadores de las baladronadas de Trump.
La lógica del subastero aplicada tantas veces por el presidente tiene una eficacia y rentabilidad limitadas cuando otros operadores, tan agresivos como él, se muestran dispuestos a todo, incluso a envolverse en el sudario del martirio (los clérigos iranís y sus secuaces). Eso le ha sucedido en parte en el golfo Pérsico al no contener a Binyamin Netanyahu y sumarse a la arremetida contra los ayatolás. Es evidente que no quería Trump enfangarse en esa guerra y cometió un enorme error de cálculo: la teocracia iraní es un régimen abominable, pero dispone de una estructura y medios suficientes para que, con él, arda todo Oriente Próximo, zozobre la economía y, de paso, aparezca China como la gran vencedora final del combate, no en el campo de batalla, sino en la conexión con los aliados tradicionales de Estados Unidos -los países europeos, Canadá, Australia, quizá Japón-, con los que seguramente reforzará en el futuro inmediato un vínculo económico que no entraña compromiso de otra naturaleza que no sea hacer negocios. El cambio de comportamiento en las bolsas a pesar de todas las incertidumbres inherentes al alto el fuego es la prueba del nueve de la equivocación mayúscula de Trump al coger el fusil y secundar a Netanyahu en la carnicería.
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