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Opinión | Guerra en Irán
Carme Poveda

Carme Poveda

Directora del Observatori Dona, Empresa i Economia y directora de Análisis Económico de la Cambra de Comerç de Barcelona. Miembro del Comité Editorial de EL PERIÓDICO

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¿De la tensión al alivio?

La mejor manera de evitar los costes de estas crisis y, además, salir reforzados es avanzar hacia la autonomía estratégica industrial y energética

Vista general del yacimiento de gas South Pars, en Assalouyeh, Irán.

Vista general del yacimiento de gas South Pars, en Assalouyeh, Irán. / ABEDIN TAHERKENAREH / EFE

Cuando estalla una guerra en una región clave para el suministro energético mundial, las consecuencias económicas se trasladan rápidamente a todo el planeta. Resulta sorprendente que Trump y su entorno no anticiparan este efecto. O a lo mejor sí, por las ganancias acumuladas en el baile bursátil durante las últimas semanas.

El anuncio de un acuerdo entre Estados Unidos e Irán para poner fin al conflicto y reabrir progresivamente el canal de Ormuz rápidamente ha provocado la caída del precio del petróleo y la subida de las bolsas mundiales. Aunque se cumpliera el acuerdo, cosa que está por ver, la situación no se corregirá de inmediato porque gran parte del daño ya está hecho. Recuperar la producción normal de petróleo, reconstruir las infraestructuras dañadas y normalizar los canales logísticos y el transporte de materias primeras críticas, requerirá tiempo y dinero.

La pregunta clave es cuánto de este episodio se quedará en un bache coyuntural y cuánto se transformará en cicatriz. La tregua diplomática refuerza la hipótesis de un bache limitado en el tiempo. Trump no puede permitirse arriesgar su cita electoral en otoño debido a un deterioro de la economía norteamericana. En nuestro país, el Banco de España estima que con un precio del barril de petróleo en torno a 80 dólares en 2026 y 72 en 2027 -que correspondería al escenario de desescalada-, el impacto en el PIB sería limitado, ya que la economía crecería un 2,3% en 2026 y un 1,7% en 2027. Este impacto moderado se debe en parte al buen comportamiento que ha registrado la economía española en el último trimestre de 2025 (0,8% de crecimiento trimestral) y durante el comienzo de 2026, como han puesto de manifiesto los datos de empleo récords de marzo.

Pero una eventual ruptura del acuerdo o un repunte de las tensiones nos situaría en un escenario más adverso, con un impacto potencialmente mayor que el observado hasta ahora, al erosionarse la credibilidad y la confianza en una resolución a corto plazo del conflicto. Este escenario dejaría cicatrices a escala global, ya que podría forzar subidas de tipos de interés y elevar el riesgo de una crisis financiera internacional, al aflorar vulnerabilidades acumuladas como las tensiones en la deuda privada, los elevados niveles de endeudamiento público o el posible pinchazo dela burbuja de la IA.

Ante un 'shock' energético conviene recordar que el riesgo no es solo la inflación, sino responder con políticas económicas que no agraven la situación. Por ello, la política fiscal debe ser temporal y bien focalizada, para no tensionar aún más la deuda pública, y la política monetaria debe actuar con prudencia para no reaccionar de forma excesiva ante movimientos de precios que pueden resultar transitorios.

El Banco de España cuantifica explícitamente el efecto de las medidas fiscales aprobadas por el Gobierno y señala que compensarán parcialmente el impacto negativo del conflicto sobre el crecimiento en 2026 (+0,3 puntos frente a –0,4 puntos). El impulso fiscal incluye medidas temporales con un coste estimado de 5.000 M€, centradas en rebajas fiscales energéticas y en ayudas sectoriales a la industria, la energía, el sector primario y el transporte marítimo.

El problema es que las rebajas generalizadas de impuestos energéticos son rápidas de aplicar, pero poco focalizadas y costosas. Por un lado, alivian el IPC a corto plazo y anclan expectativas, pero por otro, subvencionan consumo donde no hay vulnerabilidad, desincentivan el ajuste de la demanda a los cambios de precios, frenan la inversión en eficiencia energética y aumentan el déficit público.

Mi propuesta, por tanto, sería mantener capacidad de respuesta en el corto plazo, pero reorientar el diseño hacia medidas con impacto sobre la productividad a medio plazo. En solo cuatro años hemos sufrido dos 'shocks' energéticos derivados de conflictos bélicos. La mejor manera de evitar los costes de estas crisis y, además, salir reforzados es avanzar hacia la autonomía estratégica industrial y energética; acelerar el despliegue de renovables, redes, almacenamiento y electrificación: reducir la dependencia de China en minerales críticos, y diversificar aliados comerciales.

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