
Periodista y escritor. Miembro del Comité editorial de EL PERIÓDICO
Usar el nombre de Dios en vano
Trump ha pretendido tomarnos a todos por idiotas, empezando por quienes le votaron, no para meterse en guerras, sino para dedicarse a resolver los problemas que tiene su país

Donald Trump en el Desacho Oval, en octubre de 2025. / ZUMA vía Europa Press
Lo peor de lo ocurrido estas últimas horas ha sido la utilización del nombre de Dios en vano por parte de Donald Trump y los suyos. Para quienes pretenden encabezar la novena cruzada de Occidente, contravenir el segundo mandamiento no es cosa menor. Recordemos que las tablas de la Ley advierten sobre el peligro de usar el nombre del Señor de manera falsa, trivial o en juramentos mentirosos. Siendo norteamericano, al Papa no debió costarle mucho recordarle a Trump que cabalgar la bomba atómica como el ‘cowboy’ de Stanley Kubrick era inaceptable, y que hacerlo escudándose en la religión, como pretenden él y su vicepresidente, constituye un sacrilegio. Un acto torticeramente asociado a la tradición cristiana, cometido por un hombre vinculado a un pedófilo, que hace caja cada vez que un misil Tomahawk cruza el cielo de Irán. Con palabras irreverentes que pretenden justificar una guerra ilegal, inmoral, inútil.
La Biblia advierte del castigo que caerá sobre quienes actúen de esta suerte. Solo cabe esperar que así sea y que de poco le sirvan a Trump las plegarias de los fanáticos que acuden a tocarlo como si fuera el becerro de oro. Ha tomado el nombre de Dios en falso y ha pretendido tomarnos a todos por idiotas, empezando por quienes le votaron, no para meterse en guerras, sino para dedicarse a resolver los problemas que tiene su país, que no son pocos. La crisis por la que atraviesa Estados Unidos no es un constructo ‘woke’ nacido de las mentes calenturientas de la izquierda. Basta con pasar unos días en Oriente para comprobarlo. Lo grave es que nos puede arrastrar a todos por el despeñadero. Para evitarlo, lo primero es restablecer la verdad. Vano proviene del hebreo ‘shav’, que significa vacío, falso, o sin valor. Como las tonterías que Trump postea cada día en su red social, alejadas de la realidad.
‘Parole, parole’, decía Mina, para hacer frente al desamor. Sin embargo, las palabras de un presidente de la primera potencia mundial son otra cosa. Tienen consecuencias. Aunque pueda parecerlo, desde que Trump lo ha tapizado con un insufrible estilo kitsch, el Salón Oval no es el bar de la esquina. Amenazar con aniquilar una civilización de más de noventa millones de habitantes es una barbaridad. Y si se hace a sabiendas de que al día siguiente habrá que asumir, otra vez, un lastimoso papel de gallina es una irresponsabilidad. Si esta dañara solo su credibilidad, no sería tan grave. El problema es que todo Occidente saldrá trasquilado de semejante locura. También la Unión Europea, que ha tardado más de la cuenta en captar la dimensión de la tragedia. Estamos ante una vorágine que ha metido la humanidad en la peor crisis del siglo XXI y que ha facilitado las barrabasadas de Netanyahu en Palestina y el Líbano. Hoy muchos diarios titularán que hemos estado al borde del abismo, un concepto que, en las Escrituras, es sinónimo de fragilidad humana. Esperemos que tanta estupidez nos haya hecho descubrirla y que ello conduzca al resurgir de un mundo más sensato.
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