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Opinión | Política y mercado
Miqui Otero

Miqui Otero

Escritor

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Labubu contra Trump

Mi hijo repite sobre estos muñecos: “Es que de verdad que no entiendo cómo no se dan cuenta. Son: a-se-si-nos”. En eso se parecen, a menudo, estados en teoría democráticos y peluches ‘a priori’ inofensivos

Dos muñecos labubus.

Dos muñecos labubus. / Manu Mitru

En sus últimos momentos con vida, a Donald Trump probablemente se le aparecerá una cara monstruosa: los ojos saltones, las orejas de conejo, los ojos demasiado brillantes, la sonrisa llena de colmillos. Verá a esa especie de cruce entre un monchichi achuchable y un macaco psicópata y dirá tres sílabas, las últimas. La punta de la lengua emprenderá un viaje de tres pasos paladar abajo para acabar en los labios fruncidos: la-bu-bu.

Leo en el ‘New York Post’ que Pop Mart, la empresa china que lanza estos muñecos, acaba de comprar la licencia para abrir una tienda de 650 metros cuadrados en la Quinta Avenida con la 54, entre el establecimiento de Swarovski y las futuras oficinas de Rolex. ¿Cómo han llegado estos peluches chinos a Manhattan, ese lugar que Trump conquistó con pelotazos urbanísticos corruptos y contrachapando en oro hasta las escobillas del váter? El caso es que también en Nueva York abrirá a finales de este año otra meca de labubus en Times Square, con un contrato que se alargará hasta 2036.

Esta podría ser la primera pista. Debería resultar cuanto menos sospechoso que esperen vender estos peluches dentro de una década, cuando en teoría (las tendencias duran lo mismo que un resfriado otoñal) a estas alturas ya deberían haber pasado de moda. El verano pasado yo vi labubus (probablemente de imitación) incluso en un bazar oriental de un pueblo zamorano de unos 250 habitantes. «No entiendo por qué se han hecho famosos en mi cole» --me dijo mi hijo--, «cualquiera un poco listo no se fiaría de ellos: tienen cara de asesinos».

Pero el caso es que gozan de una salud de hierro. El fundador de Pop Mart, Wang Ning, es el décimo hombre más rico de China. Y el valor de mercado de la empresa de los labubus ya ha alcanzado los 40.000 millones, más que Bandai, Hasbro y Mattel juntas. El secreto de la expansión está en su capacidad para entrar en todos los bolsillos y colarse en todos los lugares, de la avenida más cara de Nueva York a un pueblo de la comarca de Sayago. Un labubu puede costar entre nueve y veinte euros, pero, dado que muchos son lanzamientos que no se reeditan, uno de ellos llegó a comprarse en subasta por 140.000. Hay tiradas limitadas artísticas más caras, que acaban en tiendas de museos como el Louvre. En Barcelona, mis ojos han podido presenciar largas colas en el Portal de l’Àngel por una nueva colección. Los fans los lanzan, como la mejor ofrenda, al escenario de sus estrellas del pop favoritas; cuelgan del bolso birkin de la famosa actriz y de la mochila escolar de un cole público de Sant Andreu.

Con los labubus, China, asociada al abaratamiento de costes, puede competir con Corea del Sur o Japón, que saben exportar su cultura pop con objetos de consumo más caros o de coleccionista. Y, de hecho, hay quien habla de ellos como una forma de poder blando de China, de cómo expandirse no solo económicamente sino a través de la sonrisa (en este caso, algo amenazante) de un muñeco.

Ni siquiera el 30% de aranceles sobre los bienes chinos que impuso Trump ha impedido que la marca no solo siga abriendo, sino proyectando tiendas a una década vista, en los lugares más caros de Estados Unidos, al lado de las naves nodrizas de marcas de lujo occidental. Trump quizá ande liado con sus delirios petroleros, su intervencionismo internacional y un Nobel de la Paz fiado a seguir jugueteando con la idea de una tercera guerra mundial. Pero ha olvidado un flanco en las mismas calles donde él cimentó su fortuna.

En ‘Submundo’, la novela de Don Delillo, un excombatiente en Vietnam va a cenar a un restaurante chino y cuando ve a los camareros huye corriendo, despavorido, incapaz de soportar el miedo, un miedo infundado, producto del prejuicio racial y del trauma bélico. Lo de Trump es al revés, porque no ve venir a quien acabará con su imperio. El poder blando, el poder del peluche. Tendrá ojos saltones, naricita adorable, sonrisa de tiburón. Quizá se les revela a los niños lo que los más altos dirigentes ignoran. Porque mi hijo repite: “Es que de verdad que no entiendo cómo no se dan cuenta. Son: a-se-si-nos”. En eso se parecen, a menudo, estados en teoría democráticos y peluches ‘a priori’ inofensivos.

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