
Periodista. Director del suplemento 'Abril' de Prensa Ibérica. Miembro del Comité Editorial de EL PERIÓDICO
Kitchen y mascarillas, la prueba del algodón
En casi 50 años de democracia todos los partidos políticos, en algún momento de sus historias, han tenido a algún miembro considerado corrupto

El exministro del Interior Jorge Fernández Díaz llega a una sesión del juicio sobre la operación Kitchen. / José Luis Roca
La democracia no hace a todo el mundo bueno. Las democracias son el mejor sistema de convivencia pero su inercia no aísla a los malos. Es cierto que los sistemas democráticos están hechos para que sus ciudadanos se comporten bajo parámetros positivos por decisión propia y que no todo el mundo actúa de forma cívica, pero la mayoría son personas decentes que trabajan, pagan sus impuestos y buscan la felicidad.
Mi padre repetía que las cosas serían más fáciles si todos hiciéramos aquello que debemos hacer. La honestidad es una de las formas de mantenerse alejado de la corrupción y, sin embargo, algo tan sencillo de entender es repetidamente olvidado.
La casualidad ha provocado que coincidan en el tiempo dos juicios que sientan a dos exministros en el banco de los acusados. Lo recordaba ayer en estas páginas Ferran Boiza. Es una coincidencia que equilibra cualquier tentación a atacar solo a unos, y olvidarse que en casi 50 años de democracia todos los partidos políticos, en algún momento de sus historias, han tenido a alguien considerado corrupto.
Existen corrupciones diferentes. Hay corruptelas que buscan enriquecerse, otras incrementar las cuentas corrientes del partido, en otros casos situar a amigos en cargos públicos, en ocasiones para tener más poder, otras para ganar por la patilla un sueldo. Es cierto que no es lo mismo ser un ladrón, que hacer de ladrón para un tercero, sin llevarte nada. Claro que en los dos casos, si el dinero es público, o sea del contribuyente, se trata de robar al erario público y eso es muy grave.
Que José Luis Ábalos y Jorge Fernández Díaz, los dos exministros, estén sentados en un banquillo por causas muy diferentes es deplorable. Esa situación puede ser aprovechada con facilidad por los agitadores del Estado para ponerlo en duda. Pero los dos casos son, en realidad, pruebas del algodón. La forma de demostrar que la justicia y las investigaciones judiciales funcionan. De no ser así no estarían sentados los duros banquillos y podrían seguir tranquilamente con sus presuntas fechorías.
Se puede pensar que los delitos cometidos tienen graduación de más a menos. Como decía, es cierto que no es lo mismo robar para tus arcas personales que para las cuentas de otros; que no es lo mismo investigar para salvaguardar la honorabilidad de tu partido que engañar para llevarte un concurso público suculento. Pero en todos esos casos se mantiene la gravedad porque va en contra de los ciudadanos y a ellos se les engaña.
La casualidad provocada por el retraso en el caso que afecta al exministro Jorge Fernández Díaz ha situado los juicios de la operación Kitchen y al caso de las mascarillas en una misma línea temporal. Es sencillo equilibrar las balanzas y poner en valor que la justicia funciona, con una lentitud preocupante, es cierto, pero funciona. Que lo de la Kitchen haya tardado tanto, recuerden que todo empezó en 2013, no la investigación judicial, sino los hechos, demuestra que estamos hablando de otro PP. Pero eso importa poco. La erosión política no mira protagonistas.
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