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Piera, el poeta que no quería creer en la muerte

Imagen de archivo de Josep Piera. / Europa Press
Piera ya no escribía. Pulía y pulía un libro atravesado en la garganta y en las manos desde hacía años, pero con pocas convicciones de acabar bien aquella lucha. ¿Quién sabe? Tal vez nos encontremos con alguna sorpresa dentro de unos meses.
Piera hacía tiempo que se despedía. O lo despedían, mejor. ¿Cuánto tiempo hacía que alguien te decía que estaba mal? Y me imagino su sonrisa. Piera era un enfermo crónico, que es como decir un superviviente sin saber muy bien por qué, uno que se acostumbra a esquivar la muerte hasta convertir lo extraordinario en rutina. Y a no creer, de tan presente.
"La muerte la tengo muy presente, pero no le doy vueltas porque sé que es una tontería. Sé que tiene que venir y sé que cada vez me queda menos. Tengo 78 años. Nunca pensé haber llegado a una edad como esta", nos decía en la última entrevista, en octubre pasado, en su territorio en la Drova. Lo decía tranquilo, sin miedo ni pretensiones filosóficas. Y sin ganas de morir. Ninguna.
Frágil y delicado, siempre, y vehemente en las ideas, sobre todo cuando tocaba hablar de lengua y de política. De identidad, al fin y al cabo.
Piera no escribía porque su mundo eran los sentidos. El deseo, el amor, el ansia, la comunión con la tierra y con los demás, la gente nueva de los viajes. Su mundo no era el dolor y la nostalgia, por eso ya no se entendía con la poesía. Se habían abandonado el uno al otro.
Piera miraba ahora por las ventanas. En plural. Sobre todo las de su estudio en la casa de tanta gente, hacia el verde de las montañas. Tal vez esperando alguna protección, un último refugio. Y también las ventanas de las pantallas, donde estaba el otro mundo. Era su último "viaje sedentario". Al final, todo es fantasía. Cómo no para alguien que en otras circunstancias, sin avances, llevaría cuarenta años muerto.
Todo es fantasía (literatura) y compromiso, con un pasado, un paisaje y una gente. Y con una lengua, que es el río que baja tranquilo entre el pasado, el paisaje y los habitantes.
Estoy convencido de que Piera se ha ido con su sonrisa pensativa y aquellos versos de su Teodor Llorente que tanto amaba, escuchando a aquella ancianita que recitaba: "Dulce lengua de mis abuelos. Yo no quiero creer en la muerte".
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