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Opinión | Racismo
Najat Driouech

Najat Driouech

Diputada de ERC

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El silencio no es una opción

Cuando alimentamos el odio de manera reiterada, el precio lo paga el conjunto de la sociedad

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Los Mossos investigan los cánticos islamófobos y xenófobos del amistoso España-Egipto

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Hemos normalizado aquello que nunca tendría que ser aceptable: insultos, humillaciones e incluso agresiones contra personas por su origen, el color de la piel o la religión que profesan. Pero lo más preocupante no es solo esta normalización, sino la indiferencia que la acompaña. El “no va conmigo” se ha convertido en una de las formas más peligrosas de complicidad.

El pasado sábado se conmemoró el Día Internacional contra la Discriminación Racial, pero pasó desapercibido para mucha gente. Cómo si aquí este problema no existiera. Cómo si ya lo hubiéramos superado. Nada más lejos de la realidad: los datos y, sobre todo, el día a día, evidencian que el racismo y la discriminación no solo persisten, sino que crecen.

En este contexto, la extrema derecha ha conseguido condicionar el debate público. Ha instalado un relato que señala quién es diferente y lo convierte en culpable de todos los males de la sociedad, sin aportar soluciones reales. Así, se genera un clima de desconfianza y de odio que transforma a vecinos y vecinas en sospechosos.

Uno de los elementos más preocupantes es la normalización de este lenguaje. Conceptos como “inmigración masiva” o la supuesta vinculación entre inmigración e inseguridad se han ido infiltrando en conversaciones cotidianas. Tal como señala la periodista Salomé Saqué en 'Resistir', la batalla también es semántica: cuando asumimos estas palabras, asumimos también el marco mental que imponen.

Los discursos de odio se construyen a menudo sobre mentiras que, a base de repetirse, acaban pareciendo verdades. En un ecosistema dominado por los vídeos cortos y la viralidad, estos mensajes se difunden con facilidad y llegan a miles de personas, a menudo sin contexto ni contraste. Cuando estos contenidos son amplificados por determinados altavoces mediáticos, su impacto se multiplica.

Así es como un vídeo que circula por un grupo de mensajería puede acabar condicionando la percepción de la realidad. Y, sin darnos cuenta, el vecino pasa a ser visto como una amenaza. Es en este punto donde el relato se convierte en especialmente peligroso: cuando deja de ser discurso para convertirse en mirada.

Mientras tanto, la normalización de mensajes racistas, también desde espacios institucionales, tiene consecuencias muy reales. Cuando se banalizan discursos islamofobos o xenófobos, se legitiman actitudes y agresiones en las calles, en los centros educativos o en los espacios deportivos.

Pero, demasiado a menudo, olvidamos una pregunta esencial: ¿qué impacto tiene todo esto en las personas que lo sufren? ¿Qué siente un niño cuando escucha que sus padres “se tienen que marchar”? ¿Cómo vive un joven, que ha nacido y crecido aquí, el hecho de ser constantemente cuestionado? Qué efecto tiene tener que justificar, una y otra vez, la propia pertenencia?

Cuando alimentamos el odio de manera reiterada, el precio lo paga el conjunto de la sociedad. Se deteriora la convivencia, se fractura la cohesión social y se debilitan los valores democráticos que nos sostienen.

Ante esto, no nos podemos permitir la pasividad. No podemos ser simples espectadores. Todos tenemos una responsabilidad, individual y colectiva, a la hora de frenar la normalización del odio y defender una sociedad basada en el respeto y la igualdad.

Porque el silencio no es neutral: es complicidad. Y no nos lo podemos permitir.

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