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Opinión | 'THE OTHER CLUB'
Albert Sáez

Albert Sáez

Director de EL PERIÓDICO

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La polarización y el nihilismo: Torralba explica el origen de la desesperanza en la sociedad contemporánea

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Desde Hegel vivimos instalados en el paradigma de la dialéctica. Tesis, antítesis y síntesis. Derecha, izquierda y centro. Madrid contra la periferia. Este contra Oeste. Occidente contra Oriente. También en nuestra vida cotidiana. Padres contra hijos. Hombres contra mujeres. Urbanitas contra neorurales. Jefes contra subordinados. Y así sucesivamente. La polarización es la hipérbole de la dialéctica. El profesor Francesc Torralba acaba de publicar un libro precioso: 'Anatomía de la esperanza'. Un libro muy pascual. Explica otra dicotomía: la de los esperanzados contra los desesperanzados. Hay que leerlo para entender que la esperanza puede tener muchos orígenes y muchas declinaciones, no solo la religiosa o trascendente. Y que nada tiene que ver con el simple optimismo ni con la ingenuidad. Cualquiera de nosotros puede identificar a su alrededor a los desesperanzados, a los resentidos, a los tóxicos, a los amargados. También en la opinión pública y en los liderazgos políticos. Santiago Abascal o Pablo Iglesias sacan siempre bilis por la boca. Igual que Trump o Milei. Hacer política sin esperanza conduce, como explica Torralba, simplemente a buscar un ajuste rápido de cuentas.

De la especulación a la densidad

El populismo marxista lleva años tiñendo de desesperanza nuestras sociedades. Irradia con mucha fuerza desde ámbitos pretendidamente académicos en los que utilizan la estadística a su conveniencia para justificar sus ajustes de cuentas ideológicos. Uno de sus temas preferidos es la vivienda. Y ahora vuelven por esos fueros. A raíz del debate que ha propuesto el president Illa sobre la necesidad de aumentar la densidad en las promociones inmobiliarias han salido multitud de trols, algunos disfrazados de indepes versión Orriols, acusando a Illa de favorecer la especulación. Y es todo lo contrario. Décadas de amargura izquierdista contra la construcción de viviendas por especulativa han convertido este bien básico en un bien escaso hasta encarecerlo. Cuando a un promotor le reducen la densidad solo hacen que dejarle el camino abierto para que gane más en cada unidad porque el mercado le permitirá tensar los precios. No es esta la única vez que se produce este fenómeno. Durante décadas los antinucleares han sido aliados de las petroleras o los ecologistas que pleiteaban contra las autovías lo eran de los concesionarios de autopistas. Aún hoy los que demandan una y otra vez escudos sociales que se pagan con las cotizaciones de los trabajadores penalizan a los salarios más bajos que no llegan a poder comprar un piso de alto precio por la escasez que provoca la pretendida lucha contra la especulación. Algo parecido está ocurriendo en el mundo educativo donde la exigencia infinita de más profesores pese a la debacle demográfica complica cubrir la demanda de docentes y pagarles bien.

La amargura domina la esfera pública

Como consecuencia de la impunidad en la que vivimos entre la caída del muro de Berlín y la crisis financiera del 2008, estamos instalados en la amargura, en la desesperanza como ambiente dominante en la opinión pública. Una dinámica que abraza también a los individuos como consecuencia de que las mejoras objetivas en los parámetros globales no llegan a transformarse en la mejora subjetiva de la vida de muchas personas, de demasiadas personas. Es muy complicado sustentar la esperanza cuando el trabajo no garantiza salir de la pobreza o tan siquiera conseguir un lugar para vivir. Entre otras cosas porque se favorece el reparto de la riqueza vía prestaciones y subsidios en lugar de hacerlo por los salarios. Y de esta forma la amargura se instala como paradigma. También contribuyen a ello algunas prácticas relacionadas con la observación social, ya sea por la vía académica como por la periodística. Así, por ejemplo, el incremento de denuncias por violencia machista se interpreta como una regresión cuando en realidad es un avance derivado del descenso del umbral de tolerancia por parte de las víctimas. Algo similar ocurre con la pederastia o con el acoso laboral o escolar. En lugar de celebrar los avances caemos en la desesperación por el incremento de denuncias. Torralba atribuye la desesperanza contemporánea al nihilismo que encuentra magníficamente retratado en 'El Grito' de Edvard Munch. Sea como fuere ese nihilismo ha impregnado la academia, la política y el periodismo contemporáneo. Y está en la base de que pensemos que el mundo es mucho peor ahora que somos capaces de alimentar a 7.000 millones de personas que cuando solo lo hacíamos con 3.000 millones. Y así en tantas otras cosas que son, indudablemente, sustento de esperanza. ¡Feliz Pascua!

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