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Mejores hábitos, menos desperdicio alimentario

La nueva revolución alimentaria es volver a la comida de las abuelas: "Ellas ya practicaban un modelo sostenible"

Alimentos en una cocina.

Alimentos en una cocina. / Sarah Chai

El 3 de abril han entrado en vigor las medidas obligatorias de la ley contra el desperdicio alimentario. A partir de ahora, las empresas agroalimentarias deberán contar con planes de prevención y establecer acuerdos para la donación de excedentes si no quieren enfrentarse a sanciones que pueden alcanzar los 500.000 euros. La norma, además, introduce obligaciones concretas en la hostelería y en los servicios de restauración colectiva, que deberán facilitar a los consumidores llevarse la comida no consumida en envases reutilizables o reciclables.

Quedan fuera, sin embargo, los pequeños operadores y, de forma significativa, los hogares, que es precisamente donde se concentra una parte sustancial del problema. Según datos de la Unión Europea, alrededor del 40% del desperdicio alimentario se produce en el consumo doméstico, otro 40% en los procesos de transformación y fabricación, mientras que la restauración representa el 15% y la distribución apenas el 5%. En total, España sigue desechando unos 1,7 millones de toneladas de alimentos al año, una cifra que la normativa aspira a reducir al menos en un 20%.

La ley llega, sin embargo, a un terreno parcialmente abonado. En los últimos años, muchas empresas han interiorizado que el desperdicio no es solo una cuestión ética o medioambiental, sino también económica. Cada producto que no llega al consumidor es, en esencia, una pérdida directa. El mero anuncio de la futura regulación actuó como catalizador: compañías de toda la cadena alimentaria han ido implementando sistemas de medición, optimizando procesos logísticos y estableciendo canales de donación o redistribución. Iniciativas como la venta de excedentes a precios reducidos o los acuerdos con entidades sociales han dejado de ser excepciones para convertirse en prácticas cada vez más habituales. La ley no inaugura una tendencia, pero sí la ordena, la homogeneiza y la convierte en obligación.

Y allí donde las normas no alcanzan, la sociedad civil ya está dando respuestas. Iniciativas en escuelas y municipios, como los “puentes alimentarios”, permiten que los menús sobrantes lleguen a familias que los necesitan. A la vez, algunos ayuntamientos facilitan comidas equilibradas a personas mayores que viven solas. Son fórmulas que reducen el desperdicio y refuerzan la cohesión social.

La nueva normativa, en términos generales, merece una valoración positiva: llega con cierto retraso respecto a otros países europeos, pero lo hace con ambición y con un enfoque que combina prevención, reutilización y responsabilidad empresarial. Ahora bien, el desafío no se agota en la cadena productiva. La gran asignatura pendiente sigue estando en los hogares, donde conviven avances como una mayor planificación y aprovechamiento con costumbres difíciles de corregir, como el exceso de compra o la caducidad de alimentos olvidados.

Reducir el desperdicio doméstico no exige grandes reformas, sino pequeños gestos cotidianos: ajustar cantidades, conservar mejor, reaprovechar. Por ello, el éxito no dependerá solo de la ley, sino de que la cultura del aprovechamiento se consolide también en nuestras cocinas, porque, en última instancia, el desperdicio no es solo un problema de normas, sino de hábitos que conviene incorporar desde la infancia.