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Opinión | Desperfectos

Valentí Puig

Valentí Puig

Escritor y periodista.

Barcelona

Los misiles nunca se fueron

La globalización, una competición en rapidez y sin parar, debía buscar un reequilibro entre innovar y la tradición. Pero, por ahora, la fórmula anda coja

Misil caído en los Altos del Golán, territorio ocupado por Israel y fronterizo con el Líbano.

Misil caído en los Altos del Golán, territorio ocupado por Israel y fronterizo con el Líbano. / Odd Andersen / AFP

A finales del siglo pasado, los postulantes del globalismo solían decir que si la pregunta en la guerra fría era '¿De qué tamaño son tus misiles?', la globalización imponía otra: '¿Qué rapidez tiene tu módem?'. En aquellos momentos los libros de Thomas Friedman, analista sénior del 'New York Times' y explorador de las formas de globalización, se vendían muy bien en todo el mundo. Curiosamente, antes había tenido mucho éxito con su libro sobre Oriente Medio, todavía muy esclarecedor. Entre Gaza e Irán, el retorno del Oriente Medio ha sido como un 'big bang'.

En realidad, a las puertas del siglo XXI y aún con el dividendo de la paz, los misiles seguían ahí, en sus silos siniestros y ahora vemos cómo iban creciendo en tamaño, potencia y alcance. Si acaso, lo nuevo son los enjambres de drones, como componente de la guerra. ¿Quién tiene más drones? ¿Cómo es posible que en la Unión Europea se fabriquen pocos microconductores y menos drones? ¿Qué pasa con la industria de defensa europea? ¿Qué dosis de letargo se ha impuesto al informe Draghi? Quedarse paralizados con el ataque de Putin a Ucrania y luego con la acción militar Trump-Netanyahu en Irán no es la más idónea de las reacciones.

Siempre propensos a simplificar, a partir de la reacción populista ante el globalismo ya nos pusimos a hablar de la muerte de la globalización. Como contraefecto, quien se globaliza es China y con poco respeto por las normas. En su día, Thomas Friedman dio un buen consejo: mejorar la calidad del Estado y a la vez reducir su tamaño. Se trata de competir en rapidez y sin parar. Se trataba también de intentar un reequilibro entre innovar y la tradición, entre la innovación y conservar. Por ahora, la fórmula anda coja. Como decía entonces Friedman, la globalización integra y a la vez excluye. Ese dilema, ya en el siglo XXI, ha tenido impactos electorales intensivos. Trump se benefició de eso y también la izquierda antisistema. En el dilema entre movilidad y comunidad estable, las oleadas inmigratorias han cambiado el mapa político de Europa, como un derrumbe de piezas de dominó. Está viéndose en el mapa político de Catalunya y de España en general.

Lo que parece claro es que los misiles siempre estuvieron ahí y que todos los días destruyen algo. Seguimos sus impactos por la pantalla del móvil sentados en un vagón de metro o tomando unas cañas. Friedman dice que la globalización no es lineal sino curvilínea: sube y baja, pero todos estamos conectados. China más aún: está hiperconectada, como casi toda Asia. Eso sí, con apagones de internet, como ocurre en Irán y Cuba.

Los microconductores siguen corriendo por las venas del mundo, como corre el petróleo. Taiwán es la gran productora de chips al igual que el estrecho de Ormuz es el gran canal de la Venecia del oro negro, con los terroristas hutíes de Yemen cobrando del tesoro iraní. Nunca faltan piratas.

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