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Opinión | Editorial

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La (mala) escuela del porno

Uno de cada diez adolescentes consume porno a diario: "Debemos hablar con nuestros hijos de los aspectos luminosos del sexo, como el placer"

La Comisión Europea acusa a las webs de pornografía Pornhub, Stripchat, XNXX y XVideos de no proteger a los menores

El consumo de pornografía en los escolares: empieza con 8 años e impacta en el cerebro

El consumo de pornografía en los escolares: empieza con 8 años e impacta en el cerebro

La pornografía se ha convertido en el principal educador sexual de demasiados adolescentes. Más de la mitad de los jóvenes españoles de entre 14 y 17 años ha visto vídeos sexuales en el último año y uno de cada diez los consume a diario. El problema no es solo la frecuencia, sino el contenido. La mayor parte del porno que circula por las redes presenta una sexualidad atravesada por la violencia, la humillación y una desigualdad alarmante entre hombres y mujeres. Ellos dominan; ellas soportan.

Cuando este aprendizaje substituye a una conversación orientada a la formación, el resultado es inquietante. Menos empatía, más conductas de riesgo y una idea deformada de las relaciones. Muchos adolescentes descubren antes el uso de la violencia en el sexo que el significado del consentimiento. Saben qué papel reserva la pornografía a las mujeres, pero nadie les ha explicado qué es el respeto, el deseo compartido o el placer mutuo.

Resulta insuficiente limitarse a pedir más controles tecnológicos o nuevas restricciones de acceso; las redes deben asumir su responsabilidad

Por eso resulta insuficiente limitarse a pedir más controles tecnológicos o nuevas restricciones de acceso. Las redes deben asumir su responsabilidad. No es admisible que sigan funcionando como un territorio sin ley, amplificando contenidos nocivos a través de algoritmos diseñados para captar la atención, retener a los menores y empujarlos hacia materiales cada vez más extremos. A petición del Gobierno, la Fiscalía está investigando a las grandes plataformas por la difusión de imágenes sexuales manipuladas y por su posible responsabilidad en delitos contra menores. La reciente condena en Estados Unidos contra Meta y Google por el carácter adictivo de sus servicios marca un camino para Europa.

Ya no basta con exigir a las compañías que retiren contenidos ilícitos. También hay que cuestionar el diseño de unas aplicaciones pensadas para explotar la vulnerabilidad emocional de los adolescentes. El scroll infinito, las recomendaciones automáticas o las notificaciones permanentes son mecanismos para generar adicción. Y cuando esa dependencia afecta a menores, las plataformas no pueden esconderse detrás de la coartada de que son solo intermediarios.

La batalla decisiva se libra mucho más cerca: en casa y en la escuela

Pero sería un error creer que toda la responsabilidad recae en Silicon Valley. La batalla decisiva se libra mucho más cerca: en casa y en la escuela. Durante años, demasiadas familias han hablado de sexualidad únicamente para advertir de embarazos, enfermedades o peligros. ‘Ten cuidado’ es la frase más repetida. Y se calla sobre casi todo lo demás. Sobre el consentimiento, sobre la intimidad, sobre la diversidad y sobre el placer. Se ahonda en la visión negativa de las relaciones sexuales, y no en su realidad satisfactoria.

También es imprescindible el papel de las escuelas. La educación sexoafectiva no puede seguir dependiendo de la buena voluntad de un centro o de una charla aislada. Debe formar parte del currículo desde edades tempranas. Hay que enseñar anatomía y fisiología sexual, igualdad, derechos, límites y deseo. Hay que explicar que el sexo no es violencia ni dominio, sino comunicación, respeto y libertad.

El silencio de la familia y la escuela deja un vacío que el porno ocupa de inmediato. Si un adolescente no encuentra enseñanzas en los adultos, las buscará en internet. Y solo hallará una deformación insana capaz, incluso, de trastocar sus valores. Es necesario hablar y acompañar, antes de que lo hagan las pantallas.