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Opinión | Racismo

Ernest Folch

Ernest Folch

Editor y periodista

Torrente en Cornellà

El menosprecio y el ataque a cualquier tipo de diversidad se ha convertido en una norma y en un temible caldo de cultivo del odio en gente demasiado joven

La grada llena de aficionados de España en el RCDE Stadium para el amistoso frente a Egipto.

La grada llena de aficionados de España en el RCDE Stadium para el amistoso frente a Egipto. / Jordi Cotrina

Quizás lo único tangible que han conseguido los miles de idiotas que coreaban "Bote, bote, bote, musulmán el que no bote" en Cornellà haya sido arruinar definitivamente las opciones que todavía tenía España de poder organizar la final del Mundial 2030. Son las proezas de estos salvadores de la patria que dicen querer a España mientras se la están cargando. Los cánticos han dado la vuelta al mundo, por mucho que el presidente de la RFEF se esforzara patéticamente en minimizar lo que no podía ser minimizable. Mientras Lamine Yamal condenaba sin tapujos el comportamiento de su propia afición, Rafael Louzán se esforzaba sin éxito por hacerlo pasar como un incidente aislado. Otra confirmación de que, una vez más, lo peor del fútbol siempre son sus dirigentes. Tanta historia con la FIFA y su pretendida lucha contra el racismo y la xenofobia, y cuando ha llegado el primer momento de la verdad, con un estadio cantando masivamente en contra de una religión, han sido incapaces de suspender el partido y ni siquiera de parar el juego. No es ninguna casualidad que en el aquelarre violento de Cornellá se cantara también el clásico "Pedro Sánchez, hijo de ....", la tonadilla que ha dado el salto de canción del verano en las discotecas fachas a los estadios de fútbol. De cloaca en cloaca y tiro porque me toca

Lo que sucedió en Cornellá es grave precisamente porque no fue ningún accidente y porque fueron insultos masivos y sostenidos en el tiempo. Es de ingenuos pensar que veinte mil personas se ponen a cantar al unísono toda esta porquería y pretender que no había nada preparado. En realidad, Cornellà ha sido un fabuloso espejo de una infección que amenaza con pudrir nuestra sociedad. Espejo en primer lugar del fútbol en general, ese espacio cada vez más descontrolado donde el insulto, el menosprecio y el ataque a cualquier tipo de diversidad se ha convertido en una norma y en un temible caldo de cultivo del odio en gente demasiado joven. Espejo, por mucho que le duela al Espanyol, del incivismo de una parte de su afición, que volvió a traspasar la línea roja del desprecio, y ya van unas cuantas. Y espejo, ese sí angustiante, de cómo el virus de la ultraderecha va carcomiendo lentamente un sector de la sociedad catalana y española, y avanza a galope entre los más jóvenes. 

Apareció en Cornellà un cóctel tóxico mezcla de Vox y de Aliança Catalana, y así pudimos ver el experimento repugnante que supone combinar el fervor patriótico con la pulsión racista, la xenofobia con el odio al otro. El mensaje que queda del desatino de un partido que solo será recordado por esta vergüenza es que, a fuerza de frivolizar, blanquear y normalizar la ultraderecha, hemos conseguido que, poco a poco, vaya entrando en nuestras vidas. Se empieza por invitar a Abascal a un plató de televisión, se continúa yendo a ver la última película de Torrente con un bol gigante de palomitas y se termina en una grada gritando lleno de odio contra todo lo que es diferente. Al menos ya sabemos que la herida por la que sangramos no es ni casual ni mucho menos accidental.

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